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El aire que Paula buscaba

Hay dolores para los que el lenguaje llega siempre tarde. Quienes escribimos sabemos que existen palabras capaces de explicar, de consolar e incluso de iluminar. Pero también sabemos que hay tragedias ante las que el idioma entero parece quedarse de rodillas. La muerte de Paula es una de ellas.

Quisiera dedicar esta columna a su familia. No como quien pretende explicar lo inexplicable, sino como quien abre una ventana en una habitación donde el aire parece haberse detenido. Como psicóloga, he escrito mucho sobre las relaciones, los vínculos, las heridas invisibles y la violencia que muchas veces comienza sin hacer ruido. Hoy no escribo desde la teoría, sino desde el respeto profundo hacia una familia atravesada por un dolor que ningún ser humano debería conocer.

La violencia psicológica tiene una crueldad silenciosa. No siempre deja marcas visibles, pero deja miedo, culpa, aislamiento, confusión y una lenta pérdida de la propia identidad. Quien controla, humilla, amenaza, vigila o hace sentir a la otra persona que no vale nada, no está amando, está ejerciendo poder. Y el poder, cuando se siente amenazado por la libertad de quien quiere marcharse, puede convertirse en una forma extrema de destrucción.

Paula quiso recuperar su vida. Quiso poner fin a una relación. Quiso ejercer un derecho tan sencillo y tan inmenso como decidir con quién quería caminar y con quién ya no. Estaba buscando aire. Y nadie tiene derecho a convertir ese deseo de libertad en una sentencia de muerte.

Conviene decirlo con claridad, porque el lenguaje también educa. A Paula no la mató el amor. No la mató una discusión. No la mató una ruptura. La mató un ser que decidió que, si ella no era suya, no sería de nadie. La mató quien confundió el amor con la posesión, el vínculo con el dominio y la pareja con la propiedad. Esa es la verdadera raíz del crimen, y nombrarla es también una forma de justicia.

Pienso, sobre todo, en quienes la amaban. En sus padres, en sus hermanos, en sus amigos, en todos aquellos que hoy intentan comprender cómo se sigue respirando cuando falta alguien imprescindible. El duelo suele traer consigo una pregunta cruel: “¿Y si hubiera visto algo antes? ¿Y si hubiera insistido más? ¿Y si hubiera podido evitarlo?”. Ojalá pudiera decirles, con toda la fuerza de estas palabras, que la responsabilidad no les pertenece. La responsabilidad tiene un solo nombre, el de quien eligió la violencia.

También quisiera pedir algo a esta sociedad que tan fácilmente convierte las tragedias en noticias fugaces. No reduzcamos a Paula al modo en que murió. Recordémosla por cómo vivía, por lo que soñaba, por la mujer que era y por el valor que supone intentar recuperar la libertad cuando el miedo ya ha entrado en casa. Cada vez que una mujer decide romper una relación marcada por el control o el maltrato, está realizando un acto enorme de valentía. No siempre lo vemos, porque la violencia psicológica rara vez ocupa el lugar que merece en nuestra conciencia colectiva.

La justicia deberá hacer su trabajo con rigor, con verdad y con respeto. Pero la justicia no termina en una sentencia. También comienza cuando dejamos de minimizar el control, los celos, el aislamiento, las amenazas o la manipulación, cuando enseñamos a nuestros hijos que amar nunca es poseer, cuando comprendemos que el primer gesto de dominio puede ser el comienzo de una tragedia.

A la familia de Paula quisiera ofrecerle, humildemente, un abrazo público. Decirles que su dolor no es invisible. Que Paula importa. Que su nombre no debería pronunciarse solo desde el horror, sino también desde la ternura y la dignidad. Y que, aunque hoy parezca imposible, llegará un tiempo en el que su recuerdo volverá a estar lleno de su risa, de sus gestos, de sus conversaciones y de todo aquello que la violencia no puede destruir.

Que estas palabras sean apenas eso, un soplo de aire. No el que borra el dolor, porque eso nadie puede hacerlo, sino el que acompaña en medio de la asfixia. El mismo aire que Paula estaba buscando cuando decidió ser libre.

Descansa en paz, Paula. Y que quienes te aman encuentren, algún día, un poco de ese aire que tú merecías desde el principio.

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