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Iván Espinosa de los Monteros en Comillas: «Si nuestros hijos creen que un sistema autoritario sería mejor, sus padres hemos fracasado»

El cofundador de Vox y exportavoz del partido en el Congreso participó en un Thinkglao organizado por It's Time to Think, en el que abordó las instituciones, la seguridad, la vivienda y la educación, y respondió durante 45 minutos a las preguntas del público
Iván Espinosa de los Monteros en su charla de Comillas

Iván Espinosa de los Monteros, economista, cofundador de Vox y exportavoz del partido en el Congreso de los Diputados hasta su salida de la formación en 2023, participó este miércoles en Comillas en un Thinkglao, el formato de charla con el que It’s Time to Think, el movimiento cultural que desde la pandemia reúne en más de 50 ciudades y 16 países a jóvenes interesados en el debate de ideas, organiza sus encuentros. El de Comillas, celebrado en el Bar Don Porfirio a partir de las 20:00 horas, es ya la segunda edición que la organización celebra en la localidad este verano con Espinosa de los Monteros como ponente. Espinosa de los Monteros es también fundador y presidente de Atenea, el think tank de perfil liberal-conservador que presentó en septiembre de 2025 al margen de cualquier partido político.

Ante un público muy variado en edad, con asistentes desde muy jóvenes hasta personas mayores, el ponente arrancó preguntando cómo veían la situación de España. Las respuestas —»fatal», «en peligro», «se hunde»— le sirvieron para introducir su tesis central: puesta en perspectiva histórica, el país vive hoy mejor que en cualquier otro momento de su historia reciente. Recordó la posguerra, las colas del hambre y el aislamiento internacional de los años cuarenta, y los contrapuso al llamado milagro económico español, el periodo de crecimiento sostenido entre 1959 y 1973 que, según defendió, «nadie lo ha igualado, ni China, ni Taiwán, ni Singapur, ni Corea del Sur». Cualquiera hoy, insistió, «por muy mal que esté, tiene acceso en España a mejor sanidad, a más capacidad de educación, a más recursos, que la persona más rica del planeta del año 59».

A partir de ahí estructuró su intervención en torno a tres reformas que, a su juicio, España necesita acometer. La primera, institucional: reclamó una separación de poderes real y criticó lo que describió como una «confusión creciente entre el ejecutivo y el legislativo» y un intento de control del poder judicial. La segunda, de seguridad, tanto jurídica como física, con especial atención al control de fronteras; en este punto se refirió a la crisis migratoria en Ceuta, que calificó de «gravísima», y defendió que ningún país «puede permitir que se viole su frontera jamás».

La tercera pasa por lo económico, con una apuesta por la simplificación burocrática, la reducción del tamaño del Estado y la bajada de impuestos como condiciones para relanzar el crecimiento, convencido de que, si el país se lo propone, «puede liderar el cambio y la transformación del siglo XXI como ningún otro». En esta línea, calificó también la crisis de vivienda como uno de los problemas «más fáciles» de resolver de los que enfrenta el país, al considerar que se concentra en las grandes capitales y que responde a la falta de suelo urbanizable y a la lentitud administrativa, poniendo como ejemplo el proyecto urbanístico de Madrid Nuevo Norte, que lleva más de cuatro décadas en desarrollo.

En el turno de preguntas, uno de los asistentes planteó la educación como la base de cualquier proyecto de país, algo con lo que el ponente coincidió, señalando que una de las decisiones más problemáticas del sistema democrático fue transferir esta competencia a las comunidades autónomas. Pero extendió la reflexión hacia el ámbito familiar, con una anécdota sobre una fiesta de veinte jóvenes en una vivienda de la zona que, según relató, terminó con botellas y colillas esparcidas por el jardín, y defendió que «a los políticos se les puede exigir todo, pero esta reflexión de educación la tenemos que hacer también hacia dentro todos».

El debate se prolongó durante 45 minutos. Preguntado sobre la falta de acuerdos entre los partidos de centroderecha, defendió que sí ha habido pactos exitosos, como los que en su día permitieron cambiar el Gobierno de Andalucía tras 45 años en manos del PSOE, o formar gobierno en la Comunidad de Madrid pese a que el PP obtuvo entonces su peor resultado en la región. A su juicio, el problema surge en los momentos clave, cuando los intereses del partido priman sobre los de la nación, como ocurrió en el verano de 2023, cuando PP y Vox no lograron ponerse de acuerdo de antemano para desalojar a Pedro Sánchez del Gobierno.

Sobre la crispación del debate público y la dificultad de hablar de política con quienes piensan distinto, sostuvo que solo es posible si ambas partes aceptan unos mínimos compartidos: el respeto al marco constitucional, el rechazo a la violencia como vía política y la aceptación de la separación de poderes. Fuera de esos límites, admitió, el diálogo se vuelve imposible, y puso como ejemplo un acto suyo en la Universidad Complutense que, según relató, tuvo que suspenderse tras ser boicoteado por un grupo de asistentes.

Preguntado por el papel de la tecnología en la política y por la ausencia de un consenso sobre política exterior en España, respondió que ambos problemas comparten una misma raíz: la falta de acuerdo sobre qué es y qué quiere ser el país. Situó el origen de esa fractura en los atentados del 11 de marzo de 2004, a partir de los cuales, señaló, España dejó de mirar hacia adelante para instalarse en un debate permanente sobre el pasado, incluida la Guerra Civil, ocurrida hace ya 90 años.

Preguntado por el atractivo que un sistema autoritario despierta entre parte de la juventud, respondió que se trata de un fracaso generacional en la explicación de lo que costó llegar a la democracia: «Si nuestros hijos creen que un sistema autoritario sería mejor, sería mejor para el que lleva el sistema autoritario. Pero para todos los demás».

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