Hay algo que hacemos casi sin darnos cuenta, mirar el móvil para saber qué están haciendo los demás. Abrimos Instagram mientras desayunamos, vemos una historia durante la comida o echamos un vistazo antes de dormir. A veces ni siquiera buscamos nada concreto. Simplemente miramos. Y en ese gesto tan cotidiano aparece una sensación que cada vez conocemos mejor, la de que nos estamos perdiendo algo.
Unos amigos han quedado para cenar, alguien está de viaje, otra persona ha ido a un concierto, alguien anuncia un nuevo trabajo o comparte un plan que parece estupendo. Y aunque hasta ese momento estábamos tranquilamente en casa, de repente aparece la sensación de que quizá deberíamos estar allí. No porque realmente quisiéramos ir, sino porque ver que otros están haciendo algo nos hace sentir que nosotros estamos fuera.
Esto es lo que conocemos como FOMO, las siglas de Fear Of Missing Out, el miedo a perderse algo. La expresión es relativamente reciente, pero la necesidad que hay detrás no lo es. Las personas necesitamos sentirnos parte de un grupo, saber que contamos para los demás y tener la sensación de que estamos participando en nuestra propia vida. Durante mucho tiempo esto ocurrió en grupos pequeños y en entornos mucho más limitados. Hoy, sin embargo, podemos saber en cualquier momento qué hacen cientos de personas. Y esa es una de las grandes diferencias.
Antes, si un sábado no salíamos de casa, probablemente no sabíamos qué estaban haciendo nuestros amigos, conocidos o incluso personas con las que apenas tenemos relación. Ahora podemos verlo todo. Y no solo podemos verlo, sino que podemos hacerlo en el mismo momento en el que está sucediendo. El mundo de los demás está constantemente disponible para nosotros. Además, las redes sociales no suelen enseñarnos la vida completa de nadie. Vimos el viaje, pero no el cansancio del viaje. Vimos la cena, pero no la discusión que hubo antes. Vimos la celebración, pero no el día normal que ha quedado fuera de la foto. Vemos momentos seleccionados y terminamos comparándolos con nuestra vida entera. Es una comparación bastante injusta, aunque nuestro cerebro no siempre lo tenga en cuenta.
El FOMO aparece con más facilidad cuando estamos inseguros, cuando necesitamos sentirnos incluidos o cuando no estamos demasiado satisfechos con nuestra propia vida. También puede aparecer en momentos en los que sentimos que estamos desaprovechando el tiempo. Vivimos rodeados de mensajes que nos animan a aprovechar cada minuto, viajar, conocer gente, hacer deporte, avanzar en el trabajo, aprender cosas nuevas y tener experiencias. Parece que descansar también tiene que ser productivo. Y así, casi sin darnos cuenta, empezamos a sentir que siempre deberíamos estar haciendo algo más.
Podemos estar cansados y aún así sentir que deberíamos estar haciendo algo. Podemos necesitar quedarnos en casa y, sin embargo, sentirnos mal cuando vemos que otros han salido. Podemos disfrutar de un domingo tranquilo y terminar pensando que deberíamos haber aprovechado más el fin de semana. Poco a poco, el descanso deja de sentirse como una elección y empieza a parecer una oportunidad perdida.
Las redes sociales tienen además una característica que hace que este mecanismo se mantenga, y es que siempre podemos comprobar qué está pasando. Si sentimos que nos estamos perdiendo algo, cogemos el móvil. Mirar nos proporciona información y, durante unos instantes, también cierta sensación de control.
Pero esa tranquilidad dura poco. Seguimos viendo cosas, encontramos nuevos planes, nuevas personas, nuevas experiencias y nuevas razones para compararnos. Volvemos a mirar más tarde y el círculo empieza de nuevo. Por eso el FOMO no tiene tanto que ver con querer estar en todos los sitios como con la dificultad para aceptar que no podemos estar en todos ellos. Cada elección implica renunciar a otras posibilidades. Si salimos con unos amigos, no estaremos con otros. Si descansamos en casa, no estaremos en una fiesta. Si dedicamos el fin de semana a nuestra familia, quizá no hagamos ese viaje o ese plan que también nos apetecía. Esto siempre ha sido así, pero ahora tenemos delante una ventana constante hacia todas las alternativas que hemos dejado fuera.
Quizá por eso una de las cosas que más necesitamos recuperar es la capacidad de estar donde estamos. Sin tener que comprobar continuamente qué sucede en otro lugar. Sin convertir cada momento en una oportunidad para compararnos. Sin sentir que nuestra vida debería parecerse a la que vemos en una pantalla. Porque probablemente siempre nos vamos a perder algo. Nos perderemos planes, viajes, conversaciones, oportunidades y momentos que vivirán otras personas. Es inevitable. Lo que sí podemos elegir es cuánto espacio dejamos que ocupe en nuestra cabeza aquello que no estamos viviendo.
A veces una tarde sin hacer nada no es una tarde perdida. Una cena sencilla puede ser un buen plan aunque nadie la vea. Quedarse en casa puede ser exactamente lo que necesitábamos. Y una vida que no parece especialmente interesante en redes sociales puede ser una vida plenamente disfrutada.
Quizá no se trate de conseguir que no nos falte nada, sino de dejar de sentir que siempre nos falta algo. Porque mientras estamos pendientes de todo lo que ocurre fuera, corremos el riesgo de pasar por alto algo mucho más cercano, nuestra propia vida.

