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La prisa de llegar a tiempo

A veces siento que voy tarde. No siempre lo digo en voz alta, pero lo pienso cuando veo que alguien de mi edad anuncia que será padre, que otra persona celebra su segundo o tercer año cotizado, o que una amiga enseña orgullosa las llaves de su nueva casa.

Y entonces me miro a mí.

Yo, que quizá todavía estoy descubriendo cómo funciona el mundo laboral. Yo, que aún no he tenido ciertas experiencias que parecen tan normales para los demás. Yo, que agradezco con una sonrisa esa paguita improvisada que me da mi abuela, porque en el fondo sigue teniendo algo de refugio, de cariño y de hogar.

Y ahí aparece esa sensación incómoda, la de quedarse atrás.

Desde la psicología sabemos que compararnos es algo humano. Nos ayuda a entender quiénes somos y dónde estamos. Pero también puede convertirse en una trampa cuando empezamos a medir nuestra vida con la regla de los demás.

Porque entonces todo parece una carrera.

Uno ya tiene hijos. Otro ya cotiza desde hace años. Otro ya vive solo, viaja, ahorra y habla de hipotecas como si fuera lo más normal del mundo. Y tú, mientras tanto, sigues intentando entender qué quieres hacer con tu vida, cómo encajar en el mundo adulto y por qué todo parece tan confuso.

Lo más extraño es que, muchas veces, para algunas cosas ya soy adulta. Tengo responsabilidades, tomo decisiones, me preocupo por el dinero, por el trabajo, por mi futuro. Se espera que actúe con madurez, que sepa resolver problemas, que tenga claro hacia dónde voy.

Pero para otras cosas sigo escuchando: “eres una niña”.

Y no consigo comprenderlo.

¿Cómo puede ser que a veces se espere de mí que tenga la vida resuelta, pero en otras ocasiones se minimicen mis dudas, mis miedos o mis decisiones porque “aún soy joven”? ¿Cómo puede ser que me pidan comportarme como adulta y, al mismo tiempo, me hagan sentir pequeña cuando no encajo en el ritmo que otros consideran correcto?

Esa contradicción pesa más de lo que parece.

Porque una parte de mí quiere crecer, avanzar, construir su propia vida. Pero otra parte todavía está aprendiendo, equivocándose, buscando su lugar. Y quizá eso sea precisamente ser joven, habitar un territorio intermedio donde ya no eres una niña, pero tampoco sientes que tengas todas las respuestas de un adulto.

Tal vez por eso duele tanto compararse. Porque no solo miramos los logros de los demás, también miramos nuestras propias inseguridades. Miramos lo que aún no hemos vivido, lo que todavía no sabemos hacer, lo que creemos que deberíamos haber conseguido ya.

Pero la verdad es que no existe un calendario universal para la vida.

No hay una edad exacta para enamorarse, para encontrar un trabajo que te haga sentir en paz, para independizarse o para tener claro quién eres. Cada persona llega a sus metas desde un punto distinto, con heridas distintas, con oportunidades distintas y con tiempos emocionales distintos.

Y eso también es importante recordarlo: crecer no siempre se nota desde fuera.

A veces crecer es aprender a decir “no”. Es pedir ayuda cuando la necesitas. Es aceptar que no tienes todas las respuestas. Es dejar de castigarte por no ir al mismo ritmo que los demás.

Cada persona tiene su ritmo.

Algunos encontrarán ciertas cosas antes, otros después. Algunos cumplirán sueños que tú todavía no entiendes, y tú quizá cumplirás otros que ellos nunca imaginaron.

Por eso quiero aprender a mirar mi vida con menos prisa y con más cariño. A entender que no estoy atrasada, solo estoy viviendo mi propio proceso. Que no soy menos adulta por no tenerlo todo claro. Y que quizá no haya nada malo en seguir sintiéndome un poco perdida, mientras aprendo, poco a poco, a encontrar mi lugar en el mundo.

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