La documentación histórica permite sostener que Teodosio Ruiz González, conocido popularmente como el Piloto y hermano de mi tatarabuela Cecilia, fue uno de los personajes más extraordinarios que ha dado Santander. Su fama no sólo procedía de su impresionante fortaleza física o de su carácter indomable, sino también de haber sido considerado el auténtico precursor de las artes marciales y de la lucha cuerpo a cuerpo en la ciudad.
Su vida estuvo marcada por continuos enfrentamientos, desafíos y episodios violentos que terminaron convirtiéndolo en una auténtica leyenda popular. El episodio más conocido fue el espectacular tiroteo que protagonizó, junto al Ayuntamiento de Santander, un duelo comparable con las escenas del Salvaje Oeste. Su existencia parecía resumirse perfectamente en aquellos versos de Los Ilegales:
Un caso en el juzgado de guardia,
una mancha de sangre en la cara,
el norte está lleno de frío
y siempre llueve en domingo.
La policía está en peligro
Y siempre hay detenidos.
Un físico y valor que impresionaban a cualquiera
Quienes llegaron a conocerlo coincidían en una descripción casi unánime. Teodosio poseía una constitución física excepcional. Caminaba erguido, con porte atlético y unos brazos descomunales que llamaban la atención de cualquiera que se cruzara con él. Mujeres, niños y hombres quedaban fascinados por aquella presencia dominante, fruto de una genética privilegiada y de una fuerza que parecía fuera de lo común.

El periodista y poeta Pick, que además compartía con él la profesión de marino mercante, dejó escrito que contemplar a Teodosio paseando por las calles de Santander era un espectáculo difícil de olvidar. Muchos años después de su muerte seguía evocando aquella imagen con auténtica nostalgia, recordando la impresión que causaba aquel hombre de aspecto poderoso.
El enemigo que no podía derrotar con los puños
Durante buena parte de su vida, Teodosio creyó haber vencido a todos sus adversarios y haberse impuesto sobre los ambientes más conflictivos de Santander. Sin embargo, cuando ya parecía dueño de la situación apareció un rival completamente distinto a los anteriores. Hasta entonces estaba acostumbrado a resolver los conflictos cuerpo a cuerpo, recurriendo a la fuerza, al valor o a las armas blancas cuando era necesario. Pero el nuevo enemigo dominaba otro terreno mucho más peligroso: el de las armas de fuego. Era un hombre rápido desenfundando una pistola y disparando con una velocidad que sorprendía incluso a quienes estaban acostumbrados a la violencia.
Un superviviente de innumerables peleas
Antes de ese enfrentamiento definitivo, Teodosio había logrado salir con vida de situaciones que habrían acabado con cualquier otra persona. Soportó emboscadas, ataques con cuchillos, machetes y agresiones de todo tipo protagonizadas por matones, delincuentes e incluso serenos armados.
Como sucede con muchos personajes legendarios, su historia tuvo un periodo de esplendor y otro de decadencia. Cuando su prestigio parecía indiscutible, comenzaron a unirse contra él quienes durante años habían sido incapaces de derrotarlo.
Pick resumía aquel contraste con admiración, recordando algunas de las aventuras que hicieron célebre a Teodosio:
«¡Y para acabar así, después de toda una vida de desafíos y empresas temerarias! ¡Aquella pelea con un negro en La Habana, al que terminó arrojando al mar después de desarmarlo! ¡La memorable reyerta con los serenos de Bilbao! ¡Las continuas luchas contra los hombres más duros de Santander! ¡Y aquella puñalada recibida a la salida del café América que no resultó mortal porque la hoja quedó detenida por la gruesa tapa metálica de su reloj!»
Una reputación construida a base de valentía
Aquellas historias apenas representaban una pequeña parte de su trayectoria. Entre Bilbao, el Caribe y Santander fue acumulando una fama que trascendía la de un simple marino. Era conocido por su arrojo casi temerario y por una personalidad difícil de encasillar.
Pick lo describía como un hombre extraordinariamente fuerte, excelente profesional de la navegación, pero cuya notoriedad provenía sobre todo de su comportamiento fuera de los barcos. Lo calificaba como alguien valiente hasta el extremo, inclinado en ocasiones a la fanfarronería, aunque dotado al mismo tiempo de una nobleza de carácter que nunca desaparecía del todo. Gastador y chulo, conquistador incansable y amado por las mujeres, siempre iba acompañado por una aureola de escándalo y aventura.
Muchas de las historias que circulaban sobre él parecían sacadas de una novela de acción. Se hablaba constantemente del desafío sostenido en La Habana contra un gigantesco adversario afrodescendiente, de sus continuos enfrentamientos con policías, matones, buscavidas y personajes habituales de tabernas y prostíbulos. Entre los jóvenes santanderinos era habitual escuchar nuevas anécdotas sobre Teodosio, relatadas siempre con admiración.

Las primeras peleas
Su inclinación hacia las broncas comenzó muy pronto. Apenas tenía diecisiete años cuando protagonizó una pelea en una taberna de Boo de Piélagos que terminó con el establecimiento completamente destrozado.
A partir de entonces, su nombre quedó unido de forma permanente a altercados, palizas y enfrentamientos contra miembros de la fuerza pública, a quienes despreciaba profundamente por considerar que muchos actuaban de manera corrupta. Esa enemistad con determinados policías lo acompañó durante toda su vida.
La ilustración publicada años después en su periódico El Descuaje, donde varios agentes aparecían robando a un ciudadano durante un registro, refleja perfectamente el tono desafiante con el que denunciaba públicamente a quienes consideraba abusadores.

El recuerdo imborrable de Pick
Con el paso del tiempo, Pick nunca dejó de evocar la figura de su antiguo ídolo. Para él, recordar a Teodosio era también recordar una época desaparecida de Santander y una juventud que jamás volvería.
Escribía que, al contemplar las viejas calles ya derribadas por el paso de los años, creyó distinguir por un instante la silueta del Piloto avanzando como tantas veces lo había visto: con su cuerpo atlético, el espeso bigote oscuro, la gorra marinera perfectamente colocada y el bastón apoyado en el brazo. Tras él caminaban algunos de sus inseparables compañeros: Antoniuco Lastra, el Cabuérnigo, Gelasio y otros muchos que también habían desaparecido, consumidos por la intensidad de sus macarras vidas.
Cuando Pick escribió aquellas líneas, casi ninguno de aquellos hombres seguía con vida. Muchos habían terminado sus días, a menudo por las continuas peleas y la existencia violenta que ellos mismos habían elegido.
La pelea del casino a estocadas
En uno de los juicios celebrados años después, otro conocido personaje de la época, Jacinto Bolado, recordó un episodio ocurrido en una casa de juego de la Cuesta del Hospital. Aquella noche, creyendo encontrar a Teodosio solo y en inferioridad de condiciones, varios individuos decidieron atacarlo simultáneamente. Sin embargo, el resultado fue muy distinto del esperado.
El marino sacó un bastón que ocultaba un estoque y comenzó a utilizarlo con sorprendente habilidad. Los tres agresores terminaron derrotados, mientras el local quedaba prácticamente destrozado por la violencia del enfrentamiento.
La causa judicial reflejó que, además de las lesiones sufridas por varios implicados, se rompieron botellas, vasos y parte del mobiliario del casino. Finalmente, el fiscal modificó su acusación inicial y solicitó la absolución de Teodosio al considerar acreditado que había actuado en legítima defensa.
El héroe de toda una generación
La popularidad de Teodosio alcanzó tal nivel que muchos jóvenes santanderinos soñaban con compartir mesa con él en alguno de los cafés que frecuentaba. Poder presenciar una de sus discusiones o acompañarlo durante una tarde era considerado casi un privilegio.
Pick recordaba que los establecimientos como el América o el Brillante reunían a los hombres que presumían de coraje. Entre los estudiantes circulaban historias sobre las broncas protagonizadas por el Piloto y aquellos pocos que habían conseguido ganarse su confianza eran contemplados con admiración por el resto. Mientras unos presumían de conocerlo personalmente, otros los observaban con cierta envidia, convencidos de que habían tenido acceso a un personaje irrepetible.
Un hombre lleno de contradicciones
A pesar de sus indudables cualidades físicas y de su valor, Teodosio también arrastraba defectos que terminarían pasándole factura. Durante sus años de navegación adquirió una gran afición por el alcohol y nunca ocultó que disfrutaba de la bebida.
En una ocasión, al encontrarse con un mafioso conocido, Martinillo, que aseguraba no probar el coñac, respondió entre risas:
«Pues hace mal. Yo, sin coñac, soy hombre muerto»
Aquella frase resumía bastante bien una forma de entender la vida basada en los excesos. El alcohol y una intensa vida sentimental fueron deteriorando poco a poco su salud, mucho antes de que apareciera el enemigo que acabaría enfrentándose a él con una pistola.
Una enfermedad que marcó su final
Los últimos años de Teodosio estuvieron condicionados por una enfermedad que lo obligó a abandonar definitivamente la navegación.
Sus compañeros de profesión recordaban que había desempeñado el cargo de primer oficial a bordo del Hércules, realizando travesías entre Bilbao y Argentina, hasta que un grave problema de salud le impidió continuar embarcado.
En el obituario que le dedicaron sus amigos únicamente se hablaba de una enfermedad contraída durante su carrera marítima, sin especificar cuál era exactamente. Aquella dolencia lo obligó a permanecer en tierra y puso fin a una profesión que siempre había desempeñado con notable competencia.
Con el paso del tiempo surgieron distintas hipótesis sobre el origen de ese problema. Algunos autores han planteado la posibilidad de que pudiera tratarse de una enfermedad de transmisión sexual, teniendo en cuenta la intensa vida personal que llevaba y el ambiente que frecuentaba, relacionado con tabernas, prostíbulos y casas de juego.
No existe, sin embargo, una prueba definitiva que permita afirmarlo con rotundidad. Lo que sí parece claro es que aquella enfermedad fue debilitándolo progresivamente, tanto física como mentalmente.
Un hombre rodeado de enemigos
Aunque su estado de salud empeoraba, Teodosio seguía viviendo rodeado de conflictos. Había acumulado numerosos adversarios entre delincuentes, propietarios de negocios clandestinos y determinados miembros de las fuerzas del orden.
Durante uno de los procesos judiciales en los que intervino como defensor suyo el abogado Bengoa, éste intentó ofrecer una imagen distinta del personaje.
Reconocía que Teodosio podía volverse pendenciero cuando bebía en exceso, pero insistía en que nunca dirigía su violencia contra personas honradas. Según su interpretación, los altercados surgían casi siempre en establecimientos donde se practicaba el juego ilegal o en ambientes dominados por individuos de dudosa reputación.
Bengoa llegó incluso a afirmar que la actitud de su defendido había servido para denunciar comportamientos corruptos y combatir determinadas prácticas ilícitas que muchos preferían ignorar. Invitaba a juzgar al verdadero Teodosio, al hombre íntegro que había servido como marino y combatido por la bandera de España en Cuba, y no únicamente al personaje impulsivo que aparecía en las páginas de sucesos.
Los numerosos adversarios de Teodosio
Como escribió José Martí, resulta más preocupante no tener enemigos que tenerlos, porque quien nunca despierta oposición probablemente tampoco ha dejado huella.
En el caso de Teodosio, la lista de enemigos era larga.
Uno de los episodios más recordados ocurrió durante su estancia en La Habana. Allí se enfrentó a un enorme individuo perteneciente a los ñáñigos, una organización de origen afrocubano que gozaba de una fama temible. Todo comenzó tras un incidente relacionado con un supuesto insulto a la bandera española.

Según diversos testimonios recogidos años después, ambos combatieron utilizando armas blancas. Teodosio consiguió desarmar a su rival y terminó arrojándolo al mar, un episodio que alimentó todavía más su leyenda.
En un juicio celebrado posteriormente, un vecino de Arredondo llamado Telesforo Bustillo declaró haber presenciado aquellos hechos mientras se encontraba en Cuba. Confirmó que el enfrentamiento existió y que el marino santanderino salió vencedor.
La experiencia adquirida en Cuba
Muchos contemporáneos pensaban que la extraordinaria habilidad de Teodosio con cuchillos, sables y otras armas blancas tenía su origen en la campaña militar de Cuba.
Las luchas desarrolladas durante aquella guerra obligaban a combatir a muy corta distancia, donde machetes, bayonetas y sables resultaban habituales. Es posible que aquella experiencia le proporcionara una destreza que posteriormente aplicaría en las calles de Santander.
Esa capacidad quedó demostrada en varios enfrentamientos posteriores, como la célebre pelea del Casino Liberal o una violenta refriega protagonizada en Bilbao frente a numerosos serenos.
Santander, escenario de sus mayores enfrentamientos
Sin embargo, fue en Santander donde construyó definitivamente su fama.
Las calles de la ciudad reunían a numerosos personajes de fuerte carácter: buscavidas, jugadores, pendencieros y hombres acostumbrados a resolver sus diferencias mediante la violencia.
Entre todos ellos destacaban varios rivales que, por su fuerza y personalidad, llegaron a convertirse en auténticos referentes de la época.
El comisario Narciso Tomás
Uno de los adversarios más importantes de Teodosio fue el comisario Narciso Tomás.
Su reputación era tan conocida como controvertida. Poseía una gran fortaleza física y se había hecho famoso por su habilidad en pruebas de fuerza, pero también circulaban numerosas acusaciones relacionadas con malos tratos a detenidos y prácticas abusivas.
Según distintas denuncias publicadas durante aquellos años, el comisario mantenía una estrecha relación con determinados ambientes delictivos y habría tolerado o incluso protegido negocios ilegales, como la trata de blancas.
Teodosio se convirtió en uno de sus principales críticos. A través de denuncias públicas y de la presión ejercida desde la prensa consiguió poner en cuestión su actuación, generando un enfrentamiento que se prolongaría durante mucho tiempo.
La dura realidad de las cárceles
La prisión de Santander, situada donde actualmente se encuentra el ascensor del Pasaje de Peña, ofrecía unas condiciones extremadamente duras. El edificio había tenido originalmente un destino asistencial, pero terminó convertido en un presidio donde convivían delincuentes habituales, menores conflictivos y todo tipo de personas marginadas. Para muchos, suponía una auténtica escuela del crimen.
Teodosio pasó en varias ocasiones por aquellas dependencias, aunque nunca perdió la fama de hombre difícil de intimidar. Según la tradición popular, ni los presos más violentos ni algunos agentes acostumbrados a emplear métodos contundentes conseguían doblegar su carácter.
Enfrentamientos políticos y personales
Entre los hombres fuertes de aquellos años también figuraban Jenaro Galdós y Jacinto Bolado. Ambos eran conocidos por su corpulencia y por su participación en numerosas peleas relacionadas con la agitada vida política del momento.
Jenaro trabajaba como tablajero y era considerado un individuo de enorme fuerza física. Junto a Jacinto protagonizó numerosos enfrentamientos callejeros a palo limpio y llegó incluso a criar gallos de pelea como actividad complementaria.
Pese a sus continuos choques con Teodosio, Pick dejó escrito que Galdós era un hombre valiente y trabajador que jamás recurrió a procedimientos deshonestos durante sus enfrentamientos. Combatía por orgullo personal, pero siempre de frente.
Aquella rivalidad representaba una forma muy particular de entender el honor. En la Santander de principios del siglo XX, la reputación se defendía muchas veces a puñetazos delante de decenas de testigos. Nadie quería ser recordado como alguien que había rehuido un desafío.
Las denuncias comenzaron a incomodar a quienes tenían poder
Las denuncias comenzaron a incomodar a quienes tenían poder. Los enfrentamientos físicos ya no eran el único problema para quienes se sentían amenazados por Teodosio. A medida que El Descuaje aumentaba su difusión, las denuncias publicadas en sus páginas empezaban a tener un impacto mucho mayor que cualquier pelea callejera.
El periódico no sólo señalaba a delincuentes habituales o propietarios de negocios relacionados con el juego y la prostitución. También dirigía sus críticas hacia funcionarios, agentes de policía y personas con influencia política que, según sus redactores, permitían o protegían determinadas actividades ilegales. Aquella combinación de acusaciones públicas, sátira y caricaturas convirtió la publicación en una lectura obligada para buena parte de los santanderinos.
El ambiente se volvió cada vez más peligroso. El grupo que rodeaba a Teodosio no estaba formado precisamente por hombres tranquilos. Muchos de sus colaboradores también frecuentaban los ambientes del juego clandestino y conocían perfectamente cómo funcionaban aquellos negocios.
Algunos testimonios de la época cuentan que determinados jugadores denunciaban las trampas utilizadas por bandas rivales mientras ellos mismos participaban en partidas de dudosa legalidad. Aquella contradicción era habitual en un entorno donde la línea que separaba a los justicieros de los buscavidas o incluso de los delincuentes resultaba, en ocasiones, muy difusa.
Con el paso del tiempo, la tensión fue creciendo. Las denuncias periodísticas provocaban nuevas querellas; las querellas desembocaban en peleas y éstas acababan, con frecuencia, en nuevos procesos judiciales.
Prácticas que pocos se atrevían a denunciar públicamente, como la trata de blancas y menores de edad
Cuando la violencia dejó de ser suficiente para plantar cara a quienes controlaban determinados sectores de la ciudad, Teodosio comprendió que existía una herramienta mucho más eficaz: la imprenta. Desde las páginas de El Descuaje comenzó a publicar informaciones sobre presuntos casos de corrupción, connivencias entre delincuentes y autoridades, abusos policiales y otras prácticas que, hasta entonces, pocos se atrevían a denunciar públicamente, como la trata de blancas y menores de edad. Aquella estrategia suponía un desafío directo a personas con una enorme capacidad de influencia.
Las consecuencias no tardaron en llegar. Cuanto mayor era la repercusión del periódico, mayor era también la presión sobre quienes lo hacían posible. Sus redactores tuvieron que afrontar denuncias, procesos judiciales, intentos de impedir la impresión de nuevos números y constantes amenazas. Pese a todo, la publicación siguió saliendo a la calle.
Los vendedores recorrían el centro de Santander ofreciendo cada nueva edición mientras grupos de curiosos se agolpaban para conseguir un ejemplar antes de que se agotara. Según recordaba Pick, pocos periódicos habían alcanzado una popularidad semejante. Cada sábado por la noche, cuando aparecía un nuevo número de El Descuaje, numerosos vecinos abandonaban sus casas para comprarlo. Los vendedores apenas podían avanzar unos metros antes de verse rodeados por personas que trataban de hacerse con un ejemplar, y el pregón anunciando su salida se convirtió en una escena habitual de la ciudad.
Un miembro de la policía secreta en la manipulación de declaraciones en un importante robo de joyas
Entre los artículos más polémicos figuraban aquellos que denunciaban la colaboración de algunos agentes con organizaciones delictivas. Uno de los textos más comentados aseguraba disponer de pruebas documentales que implicaban a un miembro de la policía secreta en la manipulación de declaraciones relacionadas con un importante robo de joyas. Los redactores afirmaban haber puesto aquella documentación en conocimiento del gobernador civil y sostenían que existían evidencias suficientes para demostrar la implicación del agente. El tono del artículo era especialmente duro y reclamaba responsabilidades para todos los implicados.
Las autoridades reaccionaron con rapidez. Según Pick, el comisario Narciso Tomás intentó impedir la publicación del periódico recurriendo a diferentes métodos. En algunas ocasiones presionaba a los impresores para que rechazaran el trabajo y, en otras, organizaba grupos de matones encargados de interceptar a los vendedores y requisar los ejemplares antes de que llegaran al público.
Sin embargo, aquellas maniobras rara vez obtenían el resultado esperado. Cuando existía el riesgo de un enfrentamiento, era el propio Teodosio quien salía acompañado por sus hombres repartiendo los periódicos en primera persona. Su sola presencia bastaba muchas veces para disuadir a quienes pretendían impedir la distribución, y el siguiente número de El Descuaje aprovechaba el episodio para denunciar públicamente lo sucedido.
La llegada de Martinillo alteró profundamente el panorama
Las autoridades recurrieron también a las detenciones. En una de ellas fueron arrestados Teodosio Ruiz, Joaquín Miera y Luis Blanco. La noticia provocó numerosos comentarios entre los vecinos de Santander, ya que muchos interpretaron aquellos arrestos como una represalia por la campaña emprendida contra determinados funcionarios y no como una actuación relacionada con la seguridad pública. Esa percepción contribuyó a reforzar todavía más la imagen de Teodosio entre buena parte de la población.
Cuando parecía haber consolidado su posición frente a los grupos con los que llevaba años enfrentándose, apareció en Santander un personaje que cambiaría por completo el equilibrio existente. Se trataba de Diego Martín Veloz, conocido como Martinillo, un hombre cuya fama procedía de Cuba y al que se atribuía una gran experiencia en el manejo de las armas de fuego. No era un pendenciero más ni un buscavidas cualquiera; su forma de actuar era mucho más fría y peligrosa que la de los rivales habituales del Piloto.
La llegada de Martinillo alteró profundamente el panorama. Pick explica que, desde ese momento, Teodosio comenzó a comprobar que muchas puertas que antes permanecían abiertas empezaban a cerrarse. Locales donde había sido recibido con respeto dejaron de prestarle atención y propietarios que hasta entonces habían mantenido buenas relaciones con él cambiaron repentinamente de actitud. La presencia del recién llegado parecía haber modificado el reparto de influencias dentro de determinados ambientes de la ciudad.
A partir de entonces, cualquier discusión podía terminar de una forma mucho más grave. Ya no bastaba con imponerse mediante la fuerza física o recurriendo a un arma blanca. Existía la posibilidad real de encontrarse frente a un adversario dispuesto a sacar una pistola y utilizarla sin dudar.
Ése todavía no sabe dónde ha venido. Ya se enterará de cómo es nuestro Santander
Cuando Teodosio escuchó por primera vez hablar de Martinillo reaccionó con el orgullo que siempre lo había caracterizado. Delante de sus amigos comentó con aparente despreocupación:
«Ése todavía no sabe dónde ha venido. Ya se enterará de cómo es nuestro Santander»
Los hombres que lo rodeaban respondieron con risas y gestos de aprobación. Ninguno de ellos imaginaba que aquel desafío marcaría el principio del enfrentamiento que acabaría poniendo fin a la vida de una de las figuras más conocidas del Santander de comienzos del siglo XX.
Quienes compartían tertulia con él recibieron aquellas palabras entre risas y muestras de confianza. Todos estaban convencidos de que el Piloto volvería a imponerse como había hecho tantas veces. Nadie imaginaba que aquel desafío marcaría el comienzo del episodio más dramático de su vida.
Con el paso de las semanas, la rivalidad fue haciéndose cada vez más evidente. Las provocaciones se sucedían y los comentarios sobre un posible enfrentamiento circulaban por tabernas, cafés y casas de juego. La tensión era tan grande que cualquier encuentro casual entre ambos podía desembocar en una tragedia.
Acostumbraba a disparar desde el bolsillo de la chaqueta o del pantalón
Según diversos testimonios recogidos posteriormente, Martinillo no era un hombre dado a las demostraciones públicas de fuerza. Prefería actuar con rapidez y aprovechando el factor sorpresa. Algunos contemporáneos llegaron a afirmar que incluso acostumbraba a disparar desde el bolsillo de la chaqueta o del pantalón, evitando así dar tiempo a reaccionar a sus adversarios. Fuera cierta o no esa práctica, lo que sí parece indiscutible es que gozaba de una reputación que inspiraba auténtico temor.
Los desafíos entre ambos comenzaron a multiplicarse. Hubo intentos de concertar encuentros en El Sardinero y en otros puntos de la ciudad, aunque amigos y conocidos de uno y otro consiguieron evitar que coincidieran en varias ocasiones. El ambiente estaba tan enrarecido que muchos eran conscientes de que un enfrentamiento directo difícilmente tendría un final distinto de la muerte de alguno de los dos.
Jacinto Bolado, uno de los viejos rivales de Teodosio, declaró años después que tanto Martinillo como el Piloto llegaron a desafiarse públicamente y que varias personas intervinieron para impedir que aquellos encuentros terminaran en un tiroteo. La tensión era conocida por toda la ciudad y cada nuevo rumor alimentaba todavía más la expectación.
Teodosio veía cómo disminuían los ingresos que obtenía gracias a la influencia que mantenía en determinados locales
Mientras tanto, Teodosio veía cómo disminuían los ingresos que obtenía gracias a la influencia que mantenía en determinados locales. Algunos propietarios dejaron de contar con él y comenzaron a alinearse con el nuevo grupo encabezado por Martinillo. Aquello no sólo suponía una pérdida económica, sino también un golpe directo a su prestigio. Para un hombre acostumbrado a ejercer el liderazgo, aquella situación resultaba difícil de aceptar.
Pick describe ese momento como una auténtica declaración de guerra. Teodosio comprendió que ya no era considerado la figura dominante de aquellos ambientes y que muchos preferían ponerse del lado del recién llegado. Aquella sensación de desplazamiento alimentó todavía más su deseo de enfrentarse definitivamente con su rival.
Sus amigos tampoco contribuían a rebajar la tensión. Muy al contrario, algunos lo animaban a plantar cara a Martinillo para impedir que se hiciera con el control de la ciudad. Consideraban que permitir aquel ascenso supondría una humillación para quien durante tantos años había sido visto como el hombre más temido y respetado de Santander.
La presión fue creciendo hasta hacerse insostenible. Cada día resultaba más evidente que ambos terminarían encontrándose frente a frente. Lo que nadie podía prever era que aquel duelo acabaría convirtiéndose en uno de los sucesos más recordados de la historia santanderina y en el episodio que daría origen definitivo a la leyenda de Teodosio Ruiz González, el Piloto.
Finalmente llegó el momento que muchos temían. Después de semanas de provocaciones, desafíos y amenazas veladas, el enfrentamiento entre Teodosio y Martinillo dejó de ser un rumor constante y una serie de encontronazos para convertirse en una realidad a tiro limpio.
Teodosio veía cómo perdía influencia en los ambientes donde durante años había ejercido una autoridad indiscutida
Según relata Pick, la situación se había vuelto insostenible. Teodosio veía cómo perdía influencia en los ambientes donde durante años había ejercido una autoridad indiscutida. Las casas de juego y otros establecimientos que antes aceptaban sus chantajes a cambio de protección comenzaron a cerrarle las puertas. En muchos de ellos, la figura de Martinillo había ocupado el lugar que hasta entonces pertenecía al Piloto.
Aquella pérdida de prestigio afectó profundamente a Teodosio. No era únicamente una cuestión económica. Para un hombre cuya reputación se había construido sobre el respeto y el miedo que inspiraba, aceptar que un extranjero ocupase su posición resultaba impensable.
Mientras tanto, Martinillo seguía consolidando su influencia. Contaba con el respaldo de personas poderosas y, según sostenían algunos de sus contemporáneos, también con la protección de determinados sectores policiales y políticos. Esa circunstancia hacía todavía más complicado cualquier intento de plantar cara al recién llegado.
Pick afirmaba que todo habría seguido igual si Martinillo no hubiera aparecido en Santander. Sin embargo, desde su llegada, Teodosio comprobó que muchas de las puertas que antes se abrían automáticamente permanecían ahora cerradas. Incluso acciones que durante años había realizado con absoluta impunidad comenzaron a resultar imposibles porque existía la posibilidad de encontrarse frente a un rival dispuesto a responder con una pistola.
Teodosio llegó a pensar que terminarían perdiéndole el respeto incluso los muchachos más jóvenes
Aquella situación fue aumentando su frustración. Según el escritor, Teodosio llegó a pensar que terminarían perdiéndole el respeto incluso los muchachos más jóvenes si permitía que aquello continuara.
La tensión alcanzó tal nivel que los amigos de ambos hicieron todo lo posible para impedir un encuentro definitivo. Eran conscientes de que ninguno de los dos aceptaría una derrota y de que un enfrentamiento directo sólo podía terminar de una manera.
Pero la tragedia era ya inevitable.
La noche decisiva, Teodosio había bebido más de la cuenta. Pick describe a un hombre consumido por la rabia, la frustración y el orgullo herido. Tras pasar varias horas acompañado por sus habituales compañeros de tertulia, tomó una decisión que ninguno logró impedir.
Poco antes de marcharse les pidió que lo dejaran solo.
«Dejadme. Tengo que hacer una cosa»
Alguien trató de convencerlo para que no fuera sin compañía.
«¿Vas a ir tú solo?»
La respuesta fue tan breve como contundente.
«Solo»
Sus amigos comprendieron inmediatamente cuál era su intención. Cuando se alejó, algunos comentaron entre ellos que probablemente iba en busca de Martinillo. Otros incluso opinaban que aquel enfrentamiento debía haberse producido mucho antes.
Muy cerca de aquellos cafés donde ambos solían moverse se encontraba el establecimiento conocido como el Huerto del Francés, por recordarle a la gente al más famoso caso de crónica negra de su tiempo, sucedido en Peñaflor. Un lugar frecuentado por Martinillo y relacionado con el ambiente del juego clandestino.
Hasta allí se dirigió Teodosio.
El tiroteo causó una enorme conmoción en Santander
Fue en ese escenario donde los dos hombres acabaron encontrándose y el enfrentamiento ya no consistió en una pelea a puñetazos ni en un duelo con bastones o armas blancas. Ambos utilizaron pistolas y comenzaron a dispararse a muy corta distancia. El tiroteo causó una enorme conmoción en Santander. La noticia se propagó rápidamente y durante días no se habló de otra cosa.
Teodosio cayó mortalmente herido.

Su muerte puso fin a una de las figuras más conocidas y controvertidas de la ciudad. Sin embargo, también marcó el nacimiento definitivo de su leyenda.
Pick afirmaba que el pueblo vivió aquel desenlace con auténtica emoción. Se escribieron romances y coplas populares recordando su figura, del mismo modo que ocurría con los grandes toreros o con otros personajes que habían alcanzado una dimensión casi mítica.
Para muchos santanderinos, desaparecía el hombre que durante años había representado el valor llevado hasta el extremo. Para otros, simplemente concluía la vida de un personaje que había elegido un camino marcado por la violencia y cuyos enfrentamientos sólo podían desembocar en un final trágico.
Tras su muerte, sus compañeros de El Descuaje le dedicaron un emocionado homenaje. En aquellas páginas lo describían como un hombre generoso con los suyos, de trato afable cuando no presenciaba una injusticia y dispuesto siempre a enfrentarse a quienes consideraba responsables de la corrupción y de los abusos que denunciaba desde el periódico.
Exigían justicia, moralidad y el fin de la impunidad de jugadores profesionales, delincuentes y policías corruptos
La redacción aprovechó también aquel momento para reclamar una actuación firme contra quienes, a su juicio, habían contribuido a degradar la vida pública de Santander. En sus artículos exigían justicia, moralidad y el fin de la impunidad de jugadores profesionales, delincuentes habituales, policías corruptos y todos aquellos personajes que, según sostenían, habían convertido determinados ambientes de la ciudad en un refugio para el crimen organizado.
La figura de Teodosio continuó muy presente durante décadas en la memoria colectiva de Santander. Su historia fue recordada una y otra vez por periodistas, escritores y vecinos que habían conocido, o creían haber conocido, al hombre cuya vida transcurrió entre el mar, las tabernas, los tribunales y las continuas peleas. Con el paso del tiempo, realidad y leyenda terminaron mezclándose hasta convertir al Piloto en uno de los personajes más singulares del Santander de comienzos del siglo XX.

En el periódico contrastado.com encontraréis toda la información sobre esta figura clave en el Santander del cambio de siglo, entre el XIX y el XX. El Santander del Machichaco.




