Arianna Gómez nació en Venezuela de padre gallego y madre venezolana. Fue la primera niña de la familia y, como ella misma contó, eso tuvo consecuencias inesperadas: «Yo fui la primera niña en la familia, y claro, todo el mundo me consentía un montón. Que una cosa se le cayera al suelo a Ariana y que Ariana no lo recogiera, no pasaba nada». Ese mimo familiar fue también lo que retrasó cuatro años el diagnóstico de su discapacidad visual. Cuando llegó al colegio y los profesores empezaron a detectar algo, ella tenía ocho años. Lo que le dijeron a su madre fue que se iba a quedar ciega.
La reacción familiar fue la que podría esperarse. Pero apareció una rehabilitadora que había trabajado en un colegio para ciegos y le enseñó braille, a usar el bastón, a manejarse. Y luego le dijo algo determinante: que mientras tuviera resto visual, tenía que aprovecharlo. Gómez fue a un colegio ordinario, integrada con el resto de sus compañeros. Hasta los doce años estudió con los apuntes grabados en casete por su madre: «Eran cases largúsimos, todas las clases al principio toda animada. Y cuando al final la planta hace la fotosíntesis, ya absolutamente agotada».
Con dieciocho años entró en la facultad de Psicología de Caracas, su vocación desde siempre. En el primer examen de estadística sacó un tres sobre veinte. Fue a hablar con el director. Él le preguntó qué pretendía hacer cuando fuera psicóloga. Ella dijo que le encantaban los niños, que quizá psicología infantil. La respuesta del director fue: «¿Cómo piensas tú pasarle un test a un niño que tú no vas a ser capaz de ver?»
El despacho del que salió a cambiarse de facultad
Gómez salió del despacho sin decir nada. Fue directamente al área académica a preguntar a qué otras carreras podía acceder con su nota. Se cambió a Derecho. «Menos mal que yo tenía mi cabeza muy bien instaurada», dijo al contar la historia. Y añadió algo que quedó en el aire: que otro chiquillo, en su lugar, se lanza al metro. En Derecho le dieron todo el apoyo que en Psicología le habían negado: exámenes orales, acceso con su propia telelupa, adaptaciones. Se graduó.
Trabajó como abogada en la consultoría jurídica de un ayuntamiento venezolano. Reconoció que era «la consultora jurídica más sociable del planeta», porque lo que le gustaba no era el escritorio sino el contacto con las personas. Fue en el máster de Derecho donde conoció a su marido, también abogado. Veinticuátro años después siguen juntos.
La decisión de salir de Venezuela no fue política, aunque la política sí le cerró puertas: firmó contra la reforma constitucional y eso le costó oportunidades laborales. Lo que terminó de inclinar la balanza fue la inseguridad. Su marido fue secuestrado a punta de pistola para robarle el coche. Ella salía cada día del colegio con sus hijos agarrados de la mano «fortísimo» por miedo a que se los llevaran. «No queríamos que nuestros hijos vivieran en este lugar», explicó.
Cuatro maletas y la ciudad más segura de España
La elección del destino fue meticulosa. Querían emigrar dentro de la ley, a un sitio donde estuvieran correctos legalmente. Ella tiene nacionalidad española por su padre gallego; su marido, italiana por el suyo. Sus hijos, como ella dice, «son la ONU en persona»: venezolanos, españoles e italianos. El marido tecleó en internet cuál era la ciudad más segura de España. Salió Cantabria. «Eso no lo pensamos dos veces», contó.
Llegaron con cuarenta y dos años, con ahorros y cuatro maletas, a empezar de cero. Se hicieron autónomos, cambiaron de sector, se reinventaron. Y en ese proceso apareció la ONCE: Gómez fue a buscar apoyo para su discapacidad visual y encontró, además, un trabajo. «De esas cosas que tú no sabes por qué se te presentan en algo y que luego con el pasar del tiempo dices: esto tenía sentido», explicó.
Desde 2019 trabaja en la ONCE Cantabria. Enseña braille a adultos y coordina el voluntariado. La paradoja no se le escapa: de niña aprendió braille sin imaginar que alguna vez lo iba a enseñar. Lo que más valora del trabajo es recibir a personas que llegan con angustia —muchas han perdido la visión siendo adultas, de golpe— y acompañarlas en el proceso de entender que pueden seguir haciendo casi todo lo que hacían antes, solo de otra manera.
«Que no sean ellos los que le pongan límites»
La ONCE ofrece en Cantabria atención desde la infancia: maestros que apoyan al alumno con discapacidad visual y a los docentes en los colegios, psicólogos, técnicos de rehabilitación para la movilidad y las tareas del hogar, especialistas en tiflotecnología y trabajadores sociales. Gómez describió también la Fundación del Perro Guía: desde la selección de los progenitores hasta el adiestramiento, los perros aprenden a identificar obstáculos en altura, a detenerse ante huecos y a guiar con comandos de voz. «Son capaces de llevarlos a la puerta de un bar si les dices bar», explicó.
Cuando alguien del público le preguntó qué consejo daría a los padres de un niño recién diagnosticado, la respuesta fue directa: «Que traten de no ser ellos los que le ponen límites a su hijo». Los niños no tienen miedo de nada, argumentó. Son los adultos quienes se lo inculcan al intentar protegerlos. Ella misma, de pequeña, aprendió a montar en bicicleta y a patinar. Sus padres la dejaban. «Eso me ha brindado la posibilidad de no sentir que tengo límites per se».
Las preguntas del público viraron hacia lo social. Sobre las barreras arquitectónicas fue parca: hay muchas, algunas inevitables, pero otras son descuido. Un coche aparcado en la acera, una maceta mal puesta, unos andamios sin señalización. Para quien usa bastón y aprende sus recorridos de memoria, cualquier cambio no anunciado puede acabar en accidente. Cuando la conversación llegó al individualismo, sacó la abogada que lleva dentro: «Mi derecho termina donde empieza el derecho del otro. Y se nos olvida que mi obligación es respetar el derecho del otro».
Gómez cerró con el mismo tono con el que había empezado: sin énfasis, sin moraleja explícita. Estaba estudiando Psicología en la UNED —la carrera que tuvo que dejar con dieciocho años—, ahora desde la perspectiva de una mujer de cincuenta y tres. «No como un objetivo de trabajo», aclaró, «sino como un objetivo de crecimiento». El obstáculo que la desvió de Psicología le presentó a su marido. La inseguridad que la expulsó de Venezuela la trajo a Cantabria. Y la discapacidad que iba a definir sus límites se convirtió en su profesión.




