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Lorena Ornia Rad, escritora y orientadora: «Empecé a escribir por un problema de bullying en el cole y no encontré cuentos para trabajarlo»

La autora de Las mesas de Manuela y Martes convirtió su experiencia en los centros educativos en literatura infantil para abordar el acoso escolar, la educación emocional y la necesidad de escuchar a la infancia
La escritora y orientadora Lorena Ornia Rad | Daniel Martínez
La escritora y orientadora Lorena Ornia Rad | Daniel Martínez

Su trabajo ha convertido la educación emocional en una forma de narrar el mundo dentro del aula. Orientadora educativa, escritora y cuentacuentos, Lorena Ornia Rad, lleva años trabajando la mediación y la escucha activa como ejes de su práctica docente. De esa experiencia nacen Las mesas de Manuela y Martes, dos cuentos infantiles que se adentran en territorios complejos como la diversidad, el acoso escolar o la construcción emocional en la infancia. Desde Galerna Press, hablamos con ella para conocer como su voz se mueve entre la pedagogía y la literatura infantil con la convicción clara de que la palabra puede ser una forma de transformación.

Eres orientadora educativa. ¿Cómo se cruza la literatura infantil en tu vida?

Fue casi por casualidad. Llevo cerca de veinte años trabajando como orientadora y siempre he sido una profesional bastante visible en el centro. Entro mucho en las aulas, me gusta estar presente en la vida cotidiana del colegio y que los niños sepan quién soy. Desde hace unos quince años empecé a desarrollar programas de educación emocional y utilizaba mucho los cuentos y también cortos de Pixar.

Ese programa tuvo que frenarse porque el trabajo de orientación acaba desbordándote y hay que priorizar. Pero después surgió un caso de acoso escolar y ahí nació todo.

¿Fue entonces cuando surgió Las mesas de Manuela?

Sí. En aquel momento necesitábamos trabajar el bullying con alumnado muy pequeño. El protocolo es el mismo desde Primaria hasta Secundaria, con pasos muy rígidos y fríos. Había niños muy pequeños enfrentándose a entrevistas formales que les generaban mucho miedo.

Pensé en buscar cuentos para trabajar ese tema, como hacía con la tristeza, la alegría o cualquier emoción. Y no encontré nada que me convenciera. Empecé a darle vueltas durante meses.

En una entrevista con uno de los niños implicados le pregunté si sabía qué hacía yo en el colegio. Esperaba que dijera que trabajaba emociones o contaba cuentos, pero me respondió: “Lo de las mesas”. Se refería a un programa de metacognición sobre cómo aprende el cerebro, donde explicábamos que todos los cerebros son como mesas: sirven para lo mismo, pero son diferentes.

A partir de ahí improvisé y le dije que su compañero era una mesa delicada y que lo que él hacía le estaba dañando mucho. Aquella imagen me acompañó durante meses hasta que nació Las mesas de Manuela.

¿Esperabas la repercusión que tuvo?

En absoluto. Yo no pensaba ni hacer presentación. Quería un cuento para mi familia y poco más. Coincidió con la feria del libro de Cartes y me animaron a presentarlo. Vinieron unas 300 personas y vendí más de 150 ejemplares esa tarde entre reservas y ventas directas.

Luego empezó algo que no esperaba: psicólogas, terapeutas, docentes… mucha gente me escribía para decirme que no habían visto un cuento así. Se ha trabajado en centros de formación del profesorado, en Secundaria, y ayuntamientos como Torrelavega o Reocín compraron ejemplares para sus centros educativos.

Después llegó Martes. ¿Cómo nace ese segundo libro?

Me lo pidió una compañera. Me dijo que necesitaba trabajar el bullying, pero desde el punto de vista del acosador. Lo escribí en una tarde. Martes cuenta cómo se construye un agresor, porque nadie nace insultando, pegando o humillando de la nada.

Detrás suele haber dolor, abandono, frustración o fallos del sistema. No se trata de justificar, sino de comprender para intervenir. Los dos libros trabajan la compasión, entendida no como paternalismo, sino como capacidad de mirar el origen del daño.

Tus cuentos nacen de casos reales.

Siempre hay alguien detrás. Luis, el protagonista de Martes, está inspirado en un compañero de clase de mi hijo al que el sistema falló. No es su nombre, claro, pero mientras escribía pensaba en él.

Mario, el personaje de Las mesas de Manuela, está inspirado en un niño de mi colegio con dificultades educativas al que sus compañeros cuidaban muchísimo. Y Manuela era mi abuela, una mujer sin estudios universitarios pero con una sensibilidad enorme. Lavaba la ropa de personas sin hogar y la devolvía planchada por la ventana de la cocina. Crecer cerca de alguien así te marca.

¿Crees que la infancia y la adolescencia están hoy acompañadas emocionalmente?

No. Están abandonadas emocionalmente. Lo digo con claridad porque lo veo cada día. Hablamos para los niños, sobre los niños y hacia los niños, pero no hablamos con los niños.

Muchos padres delegan la educación emocional en pantallas, actividades extraescolares o en el propio colegio. Y los niños crecen sin herramientas, sin estrategias, sin referentes claros para pedir ayuda o entender lo que sienten.

¿La era digital ha agravado el problema?

Muchísimo. Los dispositivos generan una lógica de respuesta inmediata: pulsas y obtienes estímulo al instante. Eso afecta incluso a nivel cognitivo. Luego llegan al aula y sostener la espera, la frustración o la concentración les cuesta más.

Y hay un problema gravísimo: el acceso sin filtro a contenidos sexuales. He visto niños muy pequeños reproduciendo conductas hipersexualizadas porque están expuestos a pornografía sin supervisión. No lo ven desde el deseo, sino desde la curiosidad, pero nadie les explica que eso no representa relaciones reales. Las consecuencias futuras son muy serias.

¿Qué te gustaría que se llevara un niño al leer tus libros?

Dos ideas muy claras. La primera: siempre va a haber alguien a quien pedir socorro, y hay que aprender a encontrarlo. La segunda: si para ti es importante, es importante.

A veces los adultos minimizamos sus problemas diciendo que son cosas de niños. Pero si para ese niño algo es importante, entonces le está afectando de verdad. Escucharlo y ayudarle puede cambiar muchísimo.

También hablas mucho del valor de la palabra.

Totalmente. En mi colegio estoy generalizando los círculos de diálogo, una práctica restaurativa muy sencilla: sentarnos en círculo, escuchar sin juzgar, hablar desde el “yo siento” y no desde el reproche.

Hay clases que tienen en la pared una solicitud de círculo de diálogo. Los niños apuntan su nombre cuando necesitan hablar. Eso obliga al tutor a generar ese espacio. Es el poder de la palabra.

¿Y qué deberían aprender los adultos?

A escuchar y a empoderar a los niños. Yo siempre digo que trabajo para ellos. Si eres docente, trabajas para esa persona. Si eres padre o madre, el centro del universo cambia.

No puedes pensar que el niño tiene que adaptarse a ti. Es al revés: tu vida cambia con su llegada y debes asumirlo.

¿La literatura infantil tiene siempre un componente pedagógico?

Siempre lo tiene, aunque no sea explícito. Si tienes mirada educativa, cualquier cuento puede trabajarse pedagógicamente. Yo he utilizado incluso Maléfica con alumnado de Secundaria para hablar de que nadie es malo porque sí, de las mochilas emocionales, de los matices morales.

El cuento no es el recurso. El recurso eres tú. El libro no es una pastilla que das dos veces por semana y resuelve algo. El valor está en cómo lo utilizas para sentarte con un niño y conversar.

¿Está suficientemente valorada la literatura infantil?

Cada vez más, pero aún arrastra prejuicios. Parece que escribir una novela da más prestigio que escribir un cuento. Y no se valora lo difícil que es condensar una gran idea en muy pocas páginas y que la entiendan lectores de seis años y también de dieciocho.

Hay álbumes maravillosos. Yo voy conmigo, por ejemplo, me parece una obra que cualquier mujer debería leer antes de los doce años. Habla de autoestima y amor propio con una sencillez extraordinaria.

¿Se está perdiendo el hábito lector?

Yo creo que no. Conozco muchos jóvenes que leen. Hoy la lectura es más accesible que nunca. Existen redes como BookTok, libros digitales, encuentros con autores… en los colegios se trabaja mucho para crear hábito lector.

Otra cosa es que también circula literatura problemática o no adecuada para ciertas edades. Pero leer, se lee.

También eres cuentacuentos. ¿Cómo son tus encuentros con lectores?

Nunca voy solo a leer el cuento. Contarlo son diez minutos. Después trabajo una hora o más según la demanda del centro. A veces uso dinámicas con colores y agua para explicar emociones; otras veces música o actividades intergeneracionales.

Quiero que lo vivan en primera persona, que no sea una charla abstracta. Cuando entienden algo desde la experiencia, permanece.

¿Las redes sociales ayudan a difundir tu trabajo?

Sí, ayudan mucho. Mucha gente llega a los cuentos por redes. Tengo muchas visualizaciones, aunque no tantos seguidores. Pero no vivo de esto, así que no me genera ansiedad. Si puedo ir a una feria voy; si no, no pasa nada.

¿En qué momento creativo estás ahora? ¿Habrá tercer libro?

No lo sé. Yo no funciono por encargo ni por calendario. Necesito que aparezca una necesidad real, una idea que me remueva. Los dos primeros nacieron así: necesitaba un recurso que no existía y lo escribí.

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