Hay profesores de los que recordamos sus explicaciones y otros de los que recordamos, sobre todo, cómo nos hacían sentir. Quizá olvidemos aquella clase de matemáticas de un martes de noviembre, pero no la sensación de que alguien confiaba en nosotros cuando ni siquiera nosotros lo hacíamos. O la vergüenza de equivocarnos delante de toda la clase. O aquellas palabras que nos hicieron dudar de nuestras capacidades.
Porque en la escuela no solo aprendemos matemáticas, lengua o historia. También construimos una imagen de quiénes somos, de qué se nos da bien y de hasta dónde creemos que podemos llegar.
Durante la infancia y la adolescencia, la mirada de los adultos significativos puede influir en la manera en que aprendemos a vernos. Cuando un alumno escucha repetidamente que es incapaz, vago o despistado, corre el riesgo de incorporar esas etiquetas a su identidad. Por el contrario, cuando alguien reconoce su esfuerzo, le permite equivocarse y le anima a intentarlo de nuevo, puede ayudarle a desarrollar una mayor confianza en sí mismo.
No se trata de evitar las exigencias ni de celebrar todos los resultados. Se trata de comprender que corregir una conducta no es lo mismo que descalificar a una persona. Un “esto puedes mejorarlo”abre una posibilidad, un “no vales para esto”puede terminar cerrándola.
También conviene mirar más allá de lo que vemos en el aula. El alumno que molesta puede tener dificultades para regular sus emociones; quien nunca participa quizá tema equivocarse; y quien parece desinteresado puede haber dejado de creer en sus propias capacidades. Comprender qué hay detrás de una conducta no significa justificarla, sino encontrar una mejor manera de acompañarla.
Los profesores no son psicólogos ni tienen la responsabilidad de resolver todas las dificultades personales de sus alumnos. Pero pasan muchas horas junto a ellos en una etapa decisiva de su desarrollo. Su forma de escuchar, establecer límites, reconocer el esfuerzo y gestionar los errores puede convertirse en una parte importante de su experiencia escolar.
A veces basta con corregir sin humillar, exigir sin etiquetar o reconocer un progreso que nadie más ha visto. Gestos cotidianos que quizá el profesor olvide al terminar la jornada, pero que un alumno puede recordar durante años.
Porque educar también es ayudar a construir una relación con uno mismo. Y aunque un profesor no determina quién llegará a ser un alumno, sí puede contribuir a que descubra sus capacidades o a que aprenda a desconfiar de ellas.
Quizá, cuando recordemos nuestra etapa escolar, no seamos capaces de enumerar todo lo que nos enseñaron. Pero sí recordaremos a quien nos hizo sentir capaces, a quien nos ayudó a levantarnos después de un fracaso o a quien nos hizo creer que podíamos llegar un poco más lejos.
Un buen profesor enseña una asignatura. Un profesor que deja huella puede ayudarnos a descubrir que nuestras dificultades no definen todo lo que somos.

