Para hablar de mi relación con la tauromaquia tengo que retroceder hasta uno de mis primeros recuerdos en una plaza de toros.
Había ido con mi padre a una novillada durante las fiestas de mi pueblo. En mi casa siempre hubo mucha afición. Por la mañana íbamos al encierro y por la tarde, a la corrida. Una de esas costumbres que no te planteas cuestionar porque forman parte de tu vida desde la infancia cuando llegan las fiestas patronales.
Recuerdo que estábamos detrás del burladero, a pie de plaza. El novillero se preparó para entrar a matar y mi padre me dijo: «Cuidado. Si el estoque no entra bien, puede salir despedido si el toro se revuelve».
Di un paso hacia atrás para que, si se diera el caso, no pudiera alcanzarme. Pero lo que nunca imaginé fue que lo que acabaría alcanzándome sería otra cosa.
El toro se sacudió con una violencia desesperada y un enorme chorro de sangre salió disparado contra el burladero, manchándome el brazo y la camiseta. Recuerdo quedarme completamente inmóvil mirando aquellas gotas mientras toda la plaza rompía a aplaudir.
Aplausos y más aplausos mientras yo no lograba entender qué era exactamente lo que estaba celebrando toda aquella gente. Frente a mí había un animal agonizando y muriendo. A mi alrededor, miles de personas aplaudían. Si aquello era una fiesta, yo no conseguía entenderla. ¿Por qué celebraban esa barbarie? ¿Dónde estaba nuestra humanidad?
Nunca volví. No quise volver a ver una corrida de toros y ser testigo de esa brutalidad.
Con el tiempo entendí que aquel día no cambió únicamente mi opinión sobre la tauromaquia. Cambió mi manera de mirar a los animales.
Comprendí que casi toda nuestra relación con ellos está construida sobre una enorme contradicción. Decimos que los respetamos y que los queremos, pero cuando ese respeto entra en conflicto con nuestras costumbres o con nuestro entretenimiento, solemos buscar excusas para no renunciar a un consumo basado en su explotación o su tortura.
Y la «tradición» es probablemente la más poderosa de todas.
Hay quien justifica la tauromaquia porque siempre ha existido. Diciendo que es parte de nuestra cultura y nuestra historia. Pero que algo se haya hecho durante siglos no significa que deba seguir permitiéndose.
Como artista llevo muchos años intentando utilizar mi trabajo para hablar de quienes no tienen voz. Lo he hecho denunciando guerras, desigualdades e innumerables formas de opresión a lo largo del planeta. La tauromaquia ocupa un lugar especial porque representa quizá el ejemplo más evidente de cómo una sociedad puede normalizar el sufrimiento de un ser sintiente únicamente porque le resulta divertido o porque lo considera cultura, tradición, arte o seña de identidad de un país.
Hace unos años, dediqué una exposición de pintura a la tauromaquia que visitó Madrid, Barcelona, Sevilla, Ciudad Real y Vitoria. Durante el proceso creativo tuve que pasar semanas viendo fotografías y vídeos de corridas. Emocionalmente fue tremendamente duro. La sangre, el miedo del toro buscando una salida imposible, el agotamiento, el dolor, la agonía… No vemos nada de eso en los carteles turísticos ni en los discursos que hablan de arte o de patrimonio cultural pero, sin embargo, esa es la verdadera realidad de esta mal llamada «fiesta nacional».
Sé que es muy difícil convencer a un taurino con mis palabras, por lo que únicamente quiero invitar a todo el que me lea a hacer un ejercicio muy sencillo: cambiarnos de lugar por un instante. Intentar mirar la plaza desde los ojos del toro. Imaginar qué siente un animal que no ha elegido estar allí, rodeado de miles de personas que celebran su sufrimiento mientras lucha desesperadamente por sobrevivir mientras un estoque lo atraviesa y la sangre encharca sus pulmones.
Porque cuando uno logra hacer ese ejercicio de empatía, entiende que ninguna tradición puede justificar la tortura y el sufrimiento de un ser sintiente.




