Las victorias se celebran mejor cuando se recuerdan las derrotas, y algunos de los bares que hoy se llenan para ver al Racing conocen bien esa historia. Hace apenas un lustro, seguir al conjunto verdiblanco en Segunda B era casi un acto de fe. “No había ninguna manera de verlo y nos buscábamos la vida para poder darlo”, recuerda Prudencio Manrique, del bar Hermanos Manrique.
Mientras las cámaras apuntaban a los grandes estadios de Primera División y las tertulias centraban su atención en la élite del fútbol europeo, el Racing transcurría en un segundo plano. Para seguirlo había que inventarse la forma y hacer malabares para que una pequeña comunidad de fieles pudiera seguir a un equipo que transitaba por los márgenes del fútbol profesional. “Como no se retransmitía en ningún lado, pillabas algún enlace de internet o cosas de esas para verlo”, explica Óscar Sobremazas, del Remigio Sport Tavern, en La Albericia.
Cuando la mayoría del país miraba hacia La Liga y la Champions, ellos seguían mirando al Racing. Uno de los ejemplos más llamativos lo protagonizó Remigio Sport Tavern, en La Albericia. Óscar Sobremazas todavía recuerda una noche que resume perfectamente aquellos años: «Coincidía un partido del Racing en Segunda B con un Real Madrid-Brujas de Champions. Nosotros tenemos nueve televisiones. En ocho pusimos el Racing y dejamos el Madrid en una pequeña», explica.
La decisión no pasó desapercibida entre los aficionados y «a raíz de aquello la gente nos lo agradeció muchísimo. Ya sabían que éramos racinguistas, pero ese día quedó claro». Porque mientras los grandes equipos monopolizaban audiencias y pantallas, el Racing seguía reuniendo a una afición que remaba todos a una en busca de una misma ilusión.
“Tenemos nueve televisiones y en ocho pusimos el Racing, dejando el Madrid en una pequeña. La gente nos lo agradeció muchísimo”, recuerda. “Ya sabían que éramos racinguistas, pero ese día quedó claro”.
Aquellos bares se convirtieron en refugios improvisados de una afición dispersa, donde cada retransmisión era una pequeña victoria logística. “Era la única manera de seguir al equipo”, resume otro de los hosteleros.
La historia se repite en otros puntos de la ciudad. En la Cervecería Gambrinus, el Racing siempre ha sido algo más que fútbol. “Aquí venían jugadores y familias. Cuando fichaban, muchas veces era el primer sitio al que les traían. Esta ha sido siempre su casa”, explica Ricardo Guzmán.
Con el paso de los años, algo empezó a cambiar. Primero tímidamente, después de forma evidente. “La gente empezó a reservar mesas con familiares y amigos para ver los partidos importantes”, añade.
Hoy, con el Racing de vuelta en Primera División, el escenario es completamente distinto. “De repente una mesa de cinco personas se convierte en una de diez. Hay que organizarlo porque cuando no hay sitio la gente se enfada”, cuenta Rebeca Jara, del Max Sport.
En Hermanos Manrique lo viven de forma muy similar. “Si llegabas una hora antes del partido ya no tenías sitio para sentarte”, asegura Prudencio.
En Remigio Sport Tavern han llegado a un punto difícil de comparar con cualquier otra época. “El último partido contra el Valladolid ha sido el día con más gente que hemos tenido jamás. Más que cualquier Champions, más que un Madrid o un Barça”, afirma Sobremazas.
Pero el crecimiento no ha borrado la memoria de los años difíciles. “Hay clientes de toda la vida que no se han perdido un partido. Si el Racing juega en casa están en El Sardinero. Si juega fuera, están aquí”, explica Rebeca Jara.
El ascenso social del equipo ha traído consigo un debate inevitable, aunque los hosteleros lo descartan sin matices. “Me molesta lo de subecarros. El Racing es de todos. Hay que sumar”, defiende Manrique.
“Lo importante es que la ciudad crea en el equipo, da igual desde dónde lo vivas”, añade Ricardo Guzmán.
Porque más allá de lo deportivo, el Racing ha vuelto a ocupar su lugar en la vida cotidiana de Santander. “El lunes, en el bar, todo es el Racing. Si no lo has visto, te pierdes la conversación”, resume Manrique.
Hoy, aquellas pantallas que un día buscaron señales imposibles para poder seguir al equipo ya no están solas. Están rodeadas de mesas llenas, críticas y una afición que ha vuelto a reconocerse en su club. La diferencia es que ahora ya no lo siguen unos pocos, lo sigue toda una comunidad.



