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La realidad de los municipios despoblados en Cantabria: «Si no viene gente nueva, esto se acaba»

Envejecimiento, ausencia de oportunidades y pérdida de servicios condicionan el presente de pequeñas localidades de la región mientras vecinos y asociaciones intentan mantener viva la actividad rural
Ayuntamiento de Pesquera, junto a la plaza donde se celebra la tradicional feria del queso | AS y MF

El interior de Cantabria continúa perdiendo población lentamente mientras muchos de sus pequeños municipios intentan sobrevivir entre el envejecimiento, la falta de empleo y la desaparición progresiva de servicios básicos. En pueblos como Santiurde de Reinosa, Pesquera o San Miguel de Aguayo, la tranquilidad y la calidad de vida conviven con una realidad marcada por la escasez de jóvenes, el cierre de negocios y la incertidumbre sobre el futuro.

“Cada vez somos menos”, resume Carlos Gutiérrez, carnicero, alcalde pedáneo de Santiurde de Reinosa y uno de los vecinos más jóvenes del municipio. Una sensación compartida por muchos habitantes de estas localidades, donde gran parte de la población supera ya los sesenta años y donde mantener abiertos espacios de encuentro se ha convertido en una prioridad para evitar que la vida social desaparezca por completo.

Una población cada vez más envejecida

La despoblación se ha convertido en uno de los principales problemas estructurales de numerosas zonas rurales de Cantabria. Mientras los municipios costeros concentran buena parte del crecimiento demográfico y económico de la comunidad, muchos pueblos del sur pierden habitantes año tras año.

En algunos núcleos apenas viven unas pocas decenas de personas de manera permanente. La mayoría son jubilados o vecinos de avanzada edad que han permanecido toda su vida en el pueblo. Carlos Gutiérrez conoce perfectamente esa situación. Con 31 años, asegura ser prácticamente el más joven de su localidad. “Vivimos aquí, yo soy el presidente del pueblo y soy la persona más joven, quitando dos chicas que tienen casi mi edad”, explica Gutierrez.

El joven describe un día a día marcado por la tranquilidad, la ganadería y los pequeños negocios que todavía resisten en la zona. “Tenemos la carnicería, una fábrica de piensos y alguna empresa más, pero la mayoría son personas jubiladas”, comenta. A pesar de las dificultades, defiende las ventajas de vivir en un entorno rural. “Aquí estás en Reinosa en cinco minutos. Tenemos tren, autobús, médico… Yo prefiero esto antes que vivir en Santander”, asegura.

Sin embargo, reconoce que el principal problema sigue siendo la falta de relevo generacional y de oportunidades laborales para los jóvenes. “La gente joven se acaba marchando porque aquí hay poco trabajo y la ganadería cada vez es más complicada”, afirma.

Miedo a que los pueblos se vacíen

En muchos municipios, los propios vecinos observan con preocupación cómo cada año hay menos habitantes permanentes y más viviendas cerradas. Gran parte de las casas pertenecen a antiguas familias del pueblo cuyos hijos o nietos tuvieron que marcharse décadas atrás a ciudades más grandes para trabajar.

«Antes trabajaba mucha gente en Reinosa, con la Naval y las fábricas”, recuerdan varios vecinos de Santiurde durante una reunión organizada en el ayuntamiento. “Ahora ya no hay tantas oportunidades»

Los habitantes más mayores reconocen que muchos jóvenes mantienen el vínculo emocional con el pueblo, pero únicamente regresan durante vacaciones o fines de semana. Aun así, algunos vecinos mantienen cierto optimismo y creen que el medio rural podría volver a atraer población en los próximos años. “Yo creo que la gente va a empezar a venir a vivir a los pueblos”, comenta Marina de Tamayo, una vecina de Santiurde de Reinosa. “Con la autovía tan cerca y la tranquilidad que hay aquí, puede volver gente”.

La falta de relevo generacional queda reflejada en casos simbólicos como el reciente nacimiento de un bebé en Santiurde de Reinosa después de casi tres décadas sin nacimientos en el municipio, una noticia que muchos vecinos recibieron como una señal de esperanza frente al envejecimiento de la población.

«En Santiurde de Reinosa, el ayuntamiento organiza semanalmente actividades destinadas principalmente a personas mayores»

En municipios tan pequeños, mantener espacios de convivencia se ha convertido en algo fundamental para combatir el aislamiento.

En Santiurde de Reinosa, el ayuntamiento organiza semanalmente actividades destinadas principalmente a personas mayores. Talleres de memoria, encuentros sociales o dinámicas grupales sirven como punto de reunión para los vecinos. “Aquí hemos tenido que pedir mucho para conseguir estas actividades”, explican varias vecinas durante uno de los encuentros. “Si no pides, no consigues nada”.

Los habitantes defienden que este tipo de iniciativas ayudan a mantener cierta vida social en municipios donde apenas quedan comercios o lugares de encuentro.“Los que vivimos aquí estamos encantados”, asegura una de las mujeres participantes. “Nos conocemos todos y todavía seguimos haciendo vida en común”.

En localidades donde ya no existen tiendas, bancos o apenas servicios, los bares se han convertido en auténticos centros sociales. En Pesquera, Mauricio Gómez, un colombiano que llegó recientemente para trabajar como camarero, explica que el bar es el lugar donde se reúne prácticamente todo el pueblo.“Aquí el punto de encuentro es el bar”, comenta. “Veo a todos los vecinos pasar por aquí a distintas horas del día”.

Mauricio vive actualmente en Ventorrillo, una pequeña localidad perteneciente al municipio, y asegura haberse adaptado rápidamente a la vida rural. “No me ha sido difícil vivir aquí. Tengo el tren cerca y Reinosa está relativamente próxima”, explica. El camarero destaca además el carácter acogedor de los vecinos. “Son personas mayores, muy respetuosas y conversadoras”, afirma.

Sin embargo, reconoce que durante gran parte del año la actividad es mínima y que el pueblo cambia completamente en verano. “Los fines de semana y las vacaciones sí viene mucha gente de Madrid, Bilbao o Santander”, señala.

“Viene un camión con fruta, pan y algunas cosas varios días”, explica Beatriz, vecina vinculada a la organización de la Feria del Queso

Uno de los principales problemas que comparten estos municipios es la reducción progresiva de servicios básicos. En muchos pueblos ya no existen supermercados o colegios y la atención médica presencial se limita a unos pocos días por semana. En San Miguel de Aguayo, por ejemplo, el médico únicamente pasa consulta un día a la semana. “Tiendas no hay”, explica Roberto Valle, ganadero del municipio. “Tenemos un teleclub donde nos juntamos los vecinos los fines de semana, pero poco más”.

La situación es parecida en Pesquera, donde únicamente permanecen abiertos el bar, la farmacia y algunos servicios itinerantes. “Viene un camión con fruta, pan y algunas cosas varios días”, explica Beatriz, vecina vinculada a la organización de la Feria del Queso. Para muchas gestiones, compras o actividades cotidianas, los vecinos deben desplazarse hasta Reinosa. Aun así, la cercanía de la autovía y del tren facilita parcialmente la comunicación con otros municipios.

Pueblos que reviven en verano

Aunque durante el invierno muchos núcleos permanecen prácticamente vacíos, la situación cambia completamente en verano. Buena parte de las viviendas que permanecen cerradas durante el año se utilizan como segunda residencia. “En agosto esto es una fiesta”, explican Juan y Beatriz, vecinos de Pesquera.

Durante los meses estivales, numerosos descendientes de antiguas familias regresan desde ciudades como Madrid, Bilbao o Santander para pasar vacaciones y fines de semana. “Las casas se llenan y vuelve a haber ambiente”, aseguran.

Aun así, los propios vecinos reconocen que el principal problema es que esa actividad dura apenas unas semanas al año. “Está muy bien para el verano, pero luego en invierno volvemos a ser muy pocos”, comenta Ana María Fernández, vecina de Rioseco.

“Queremos asentarnos aquí mucho tiempo y crear un pequeño negocio que ayude también a dar vida al pueblo”, señala Noemí

Frente al envejecimiento y la pérdida constante de habitantes, algunos vecinos intentan impulsar proyectos para revitalizar el medio rural.

Uno de los ejemplos es el de Noemí, una vecina británica afincada desde hace más de veinte años en San Miguel de Aguayo. Junto a su familia, decidió instalarse en el municipio buscando tranquilidad, naturaleza y una forma de vida más calmada. “Todo lo que encontrábamos en la costa era demasiado caro o no tenía el entorno natural que buscábamos”, explica. Actualmente están rehabilitando una antigua cuadra y un pajar para convertirlos en apartamentos rurales destinados a familias y visitantes. “Queremos asentarnos aquí mucho tiempo y crear un pequeño negocio que ayude también a dar vida al pueblo”, señala. Noemí considera que el turismo rural y el teletrabajo pueden convertirse en oportunidades para atraer nuevos habitantes al interior de Cantabria.

También la Feria Internacional del Queso de Pesquera se ha convertido en una de las grandes herramientas para dinamizar económicamente la zona. El evento, organizado por una asociación independiente y sin ánimo de lucro, atrae cada verano a cientos de visitantes y productores de distintos puntos de España e incluso del extranjero. “La feria da muchísima vida al pueblo”, explican sus organizadores.

Además del impacto económico en bares y alojamientos, los vecinos consideran que este tipo de eventos sirven para dar visibilidad a municipios pequeños que normalmente pasan desapercibidos.

Por otro lado, algunos ayuntamientos estudian fórmulas para rehabilitar edificios públicos y crear viviendas sociales destinadas a jóvenes o trabajadores que quieran instalarse en la comarca.

“Aquí una casa vale muy poco dinero”, asegura Carlos Gutiérrez

Muchos vecinos coinciden en que el precio de la vivienda es uno de los grandes atractivos de estos municipios. “Aquí una casa vale muy poco dinero”, asegura Carlos Gutiérrez.

Sin embargo, gran parte de las viviendas vacías necesitan importantes reformas y el principal problema continúa siendo la falta de empleo estable. “La medida más importante sería generar trabajo”, explica un vecino de San Miguel de Aguayo. “Sin empleo es muy difícil que venga gente joven”.

Aun así, algunos habitantes creen que el auge del teletrabajo y el cambio de mentalidad de muchas familias podría beneficiar a los pueblos en los próximos años. “Es una vida mucho más tranquila y más barata”, defienden varios vecinos.

Un futuro incierto entre la esperanza y la resistencia

En algunos municipios, la despoblación se mezcla además con otros debates relacionados con el uso del territorio y el futuro del medio rural.

En San Miguel de Aguayo, parte de la población ha mostrado su rechazo a varios proyectos de parques eólicos previstos en la Sierra del Escudo, al considerar que pueden alterar el paisaje y el entorno natural de la zona. “No estamos en contra de las energías renovables, estamos en contra de llenar todas las montañas de aerogeneradores”, explica Noemí.

El Ayuntamiento también se ha posicionado en contra de algunos proyectos y varios trámites permanecen actualmente paralizados.

Pese a las dificultades, muchos vecinos siguen defendiendo la vida en el pueblo y se resisten a ver desaparecer sus municipios. La tranquilidad, el contacto con la naturaleza y el sentimiento de comunidad siguen siendo algunos de los principales valores que destacan quienes viven en estas zonas rurales.

Sin embargo, todos coinciden en que sin empleo, servicios y nuevas familias será muy difícil revertir la situación demográfica que atraviesa buena parte del interior de Cantabria. “Si no viene gente nueva, esto se acaba”, resume uno de los vecinos.

Mientras tanto, pueblos como Santiurde de Reinosa, Pesquera o San Miguel de Aguayo continúan intentando mantener viva una forma de vida que cada vez parece más frágil, pero que todavía resiste entre montañas, carreteras secundarias y casas que esperan volver a llenarse algún día.

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