Un periodismo de personas para personas

Rompiendo barreras: la tercera edad en la era digital

La delgada línea entre estar conectado o sentirse un inútil

«Considero que, en muchas ocasiones, a los mayores se nos deja de lado y no nos tienen en cuenta», declara Ana María Díaz-Velarde. Con 91 años y víctima de la Guerra Civil española, considera que, en el momento que ella está viviendo, «la tecnología está de más».

El envejecimiento se entiende como un proceso que dura toda la vida: comienza en la concepción y está determinado por factores tanto genéticos como ambientales. Autores como Girón lo describen como una pérdida de capacidades y funciones, un aumento de la mortalidad, disminución de la fertilidad y la aparición de diversas enfermedades. En este sentido, muchas veces, al centrarse la atención en los avances tecnológicos, se pasa por alto esta realidad, dejando poco a poco de lado a las personas de la tercera edad.

Por otro lado, Belando y Bedmar reconocen que las TIC son herramientas que pueden mejorar la salud, así como el estado físico, mental y social de las personas mayores. Peral, Arenas y Francisco afirman que el estado mental de quienes son capaces de utilizar las nuevas tecnologías es generalmente bueno, ya que los beneficios de las ideas y la implementación de principios ayudan especialmente a las personas mayores a integrarse y trabajar juntas en la sociedad. Según Aldana y García, cuando las personas mayores entran en contacto con las nuevas generaciones, muestran interés y motivación por el uso de los ordenadores e Internet, y se les brindan oportunidades para acceder a conocimientos TIC previos y superar diferentes motivos de evitación.

No obstante, no se puede generalizar. La realidad de cada persona es muy distinta. Hay personas, como María Eugenia Gutiérrez, que piensan que, a no ser que se trate de alguien extremadamente mayor con poca formación previa, la tecnología no debería suponer un problema; de hecho, podría ser una herramienta útil en el día a día. De igual manera, ha afirmado que, para su madre —de 91 años—, la tecnología prácticamente no existe, y que, aunque pueda vivir sin mayores complicaciones, esto se debe a la ayuda de sus hijos y nietos. «No puede hacer ningún trámite de bancos o citas médicas ella sola».

Los cursos de formación son clave para mantener un orden y evitar el desplazamiento de quienes no dominan la tecnología. «Yo creo que tendría que ser el gobierno quien dé facilidades. Es un servicio público y está obligado a prestar servicios a los ciudadanos».

Ana María Díaz-Velarde, cántabra de nacimiento y chilena de corazón, afirma que, de todas sus experiencias vitales, la tecnología no es algo que pueda calificar de positiva. «He vivido muy mal la era tecnológica y me ha afectado negativamente porque no la domino. Me siento totalmente desplazada. Considero que, en muchas ocasiones, nos dejan de lado y no nos tienen en cuenta ni a nosotros ni el hecho de que hemos vivido en otra época, en la que no existía esta tecnología. Además, al tener que aprender a usarla siendo ya tan mayores, tenemos más dificultad y nos cuesta mucho. En mi caso, ha llegado un momento en el que pienso que la tecnología está de más. Afortunadamente, tengo a mis tres hijos que me ayudan a utilizarla, pero, al mismo tiempo, significa que dependo de otras personas para hacer uso de ella».

«Creo que es muy difícil encontrar una solución a este problema y que se logre un cambio significativo, porque es algo que ya está muy arraigado en el sistema en el que vivimos. En mi opinión, ya es tarde para arreglarlo en nuestra generación. A los mayores nos deberían haber introducido estos avances poco a poco, para facilitarnos la adaptación e ir acostumbrándonos. Ha ocurrido todo de manera brusca, drástica y sin ningún tipo de formación. Llegado a este punto, es imposible cambiar lo que ya se ha hecho hasta hoy».

«En el banco no he tenido problemas, pero para mí pedir una cita en el médico es una auténtica tragedia. Coges el teléfono, llamas, llamas y llamas, y no contesta nadie. Vuelves a llamar y da igual que pase media hora, una hora o dos horas, que sigues sin ser atendido. ¿Entonces qué tienes que hacer? ¿Salir de tu casa aunque no te convenga, porque hace frío o por cualquier otro motivo, e ir andando hasta el centro de salud para solicitarla personalmente? La excusa es que se puede pedir online, y hay mucha gente que puede hacerlo, pero los que no sabemos cómo no tenemos más opciones. Quizás no es que se despreocupen, pero no se preocupan lo suficiente por nosotros, y creo que es pura dejadez y pasotismo».

Esta viuda de guerra no es la única que piensa así. Luis de la Fuente, de setenta y cuatro años, declara que también siente que esta situación le ha afectado. Se considera un hombre culto y al día en la actualidad; sin embargo, no logra «encontrarle el punto» a la tecnología ni a las redes sociales en general.

«Creo que, en términos generales, estamos en manos de las máquinas, puesto que ante casi cualquier consulta que quieres hacer a una compañía, en lugar de un humano, te responde una máquina. En mi caso, siempre que me percato de que me contesta una máquina, siento tanta frustración que inmediatamente cuelgo la llamada, porque yo no consigo comunicarme así. Considero que esto entorpece más el proceso. Sobre todo, recalco que las personas mayores, lejos de sentirnos ayudadas, de esta manera estamos obstaculizadas».

Actualmente, sea o no de ayuda, los bancos tienen protocolos específicos con los que intentan incluir a las personas de la tercera edad en esta nueva era digital. El banco BBVA, por ejemplo, ofrece una cuenta específica para mayores: “La Cuenta Seniors”, que incluye ciertos beneficios, como cero comisiones únicamente por recibir algún ingreso o pensión en el banco, la posibilidad de acceder de manera gratuita a gestores que ayuden en trámites administrativos y preferencia en las filas de espera a partir de los sesenta y cinco años.

Sin embargo, María Eugenia Hurtado afirma que esto «no es suficiente. Dependo de que mi hija me pida las citas médicas por Internet y me revise los recibos bancarios. Entiendo y veo muy bien las máquinas para las personas jóvenes, pero no para las mayores con problemas como el que tengo yo».

«A mis 93 años, creo que tengo muchas cosas que decir al respecto. Ir a un banco me provoca un sentimiento de gran torpeza. Tengo que estar constantemente pidiendo turno en una máquina para que vengan a ayudarme, porque no consigo hacer nada sola. Además de tener muchos años, influye principalmente que tengo una minusvalía del 78 % en la vista.

Ya antes de que mi vista empeorara me pasaba que no veía bien los números ni entendía lo que tenía que hacer en la máquina. Los trabajadores estaban siempre ocupados en las cajas y en las oficinas, y no encontraba a alguien que pudiera ayudarme. Siempre han tenido que echarme una mano las personas más jóvenes que estaban esperando en la cola para ser atendidas.

Lo mismo me ocurre cuando voy al médico de cabecera. Hay colas para pedir turno en las máquinas, y encima te piden el número del DNI, cosa que yo, por mis problemas de vista, no puedo hacer desde hace mucho tiempo. En esos momentos me siento completamente inútil e incapaz».

María Eugenia Hurtado: «Dependo de que mi hija me pida las citas médicas por Internet y me revise los recibos bancarios. Entiendo y veo muy bien las máquinas para las personas jóvenes, pero no para las mayores con problemas como el que tengo yo»

A pesar de que psicólogos como Steven Van afirman que existen tendencias en el diseño de tecnologías para hacerlas más accesibles y amigables para los adultos mayores —como interfaces intuitivas, letras grandes, opciones de contraste, comandos de voz y asistentes virtuales que simplifiquen la interacción—, la realidad es que casi la mitad de la población (48 %) haría un mayor uso de las tecnologías si alguien se lo enseñara, volviendo así al problema de la dependencia hacia otra persona y a las dificultades que surgen cuando no se cuenta con ese apoyo.

Con todo, cabe destacar que, según los entrevistados, la tecnología no solo está afectando a su estilo de vida, sino también al de las nuevas generaciones. «Tampoco podemos dejar eso de lado», afirma Maria Eugenia Hurtado, abuela de tres nietos nacidos en plena era digital. «No creo que los niños o adolescentes tengan que hacer exactamente lo que se hacía en mis tiempos o jugar como se hacía antes; las cosas han cambiado y ya se encuentran en la tesitura de tener que aprender a utilizar estas herramientas desde el principio e incorporarlas a su día a día desde pequeños.

Aun así, considero que no es normal que, en lugar de un balón o un muñeco, tengan siempre un móvil en la mano. Tampoco está bien ni es justo que, debido a los riesgos que existen en Internet, en lugar de poder desenvolverse y desarrollarse de manera semiautónoma como las generaciones anteriores, tengan que estar constantemente vigilados por unos padres que controlan todo lo que hacen, lo que escuchan, lo que consumen o lo que ven en los móviles.

Deben hacer y vivir cosas propias de su edad, y en esto tienen parte de culpa los padres; no se le puede responsabilizar únicamente a los niños. Muchas veces, para mantenerlos entretenidos y evitar que se quejen, se les da un móvil sin ningún tipo de supervisión para que hagan lo que quieran. Es una libertad engañosa, que puede ser muy peligrosa y repercutir en su desarrollo futuro. Es cuestión de tener un poco de sentido común y pensar en cómo las decisiones y acciones de los padres pueden influir en los niños en el mañana».

«La fuerte presencia de las redes sociales en la vida de los adolescentes y jóvenes ha provocado que evolucionen de tal manera que sus preocupaciones y prioridades cambien tanto que olvidan la importancia de dedicar tiempo y cuidado a las personas mayores. Cuando yo era niña, había mucho respeto hacia los mayores; ahora esas formas se han perdido, ese respeto se ha terminado. Ahora el discurso es que todos somos iguales, y estoy de acuerdo en que lo somos, pero creo que el respeto hacia el anciano debería permanecer.

¿Por qué? Porque la gran mayoría de los señores que hemos llegado hasta aquí hemos pasado primero por muchas vivencias y hemos tenido que superar diversos problemas a lo largo de nuestra vida. Tengo la sensación de que, ahora mismo, ni los niños pequeños nos respetan. En este sentido, no creo que tengan que alejarse o abandonar las nuevas tecnologías, pero considero que los padres deberían priorizar la educación humana y social de los menores por encima de la alfabetización tecnológica», declara Ana María Díaz-Velarde.

Retomando la cuestión inicial sobre cómo afecta la tecnología a las personas de la tercera edad, se podría afirmar que, en su gran mayoría, representa una desventaja. Las personas que cuentan con un apoyo diario pueden solventar sus problemas de manera más eficiente; sin embargo, quienes no tienen esa ayuda se encuentran desvalidos ante esta nueva sociedad. Además, tener que depender de alguien se traduce en frustración e inutilidad.

Pero entonces, ¿les gustaría vivir de una manera más tradicional o que desapareciera la tecnología? Para Luis de la Fuente, la respuesta es clara: su principal fuente de información son los libros, y la tecnología no le ayuda en nada; solo le entorpece y le hace sentirse inferior al resto de la sociedad. Por ello, concluye con una declaración que describe su realidad: «Que pare el mundo, que me quiero apear. Para mí, este ya no es mi mundo; no tiene nada que ver con lo que yo he conocido. Al menos, ese es mi sentimiento al respecto».

Autor

Comparte esta noticia

Noticias relacionadas

Suscríbete a nuestras noticias
Un periodismo de personas para personas