Según los últimos datos correspondientes a un año natural completo como 2024, en Cantabria se contabilizaban 832 explotaciones de vacuno dedicadas exclusivamente a la producción de leche, según el ICANE. Sin embargo, esta cifra sólo adquiere pleno significado al ser observada en perspectiva: en 2022 se cerró el año con 936 explotaciones, y en 2019 había 1.132 ganaderos activos. La tendencia es clara y preocupante, con un ritmo de cierre de cientos de explotaciones cada año.
Ante esta situación, se buscan soluciones en forma de ayudas destinadas a fomentar la producción lechera. El Gobierno de María José Sáenz de Buruaga ha destinado, para este curso, un total de 7.915.000 euros en subvenciones orientadas a impulsar una producción de leche más sostenible en la región, a la espera de nuevas medidas que puedan implementarse en el futuro. La última convocatoria publicada por el Gobierno de Cantabria está dirigida no solo a las explotaciones de vacuno de leche, sino también a las de ovino y caprino. En función de criterios específicos, como la densidad ganadera, estas nuevas ayudas de mínimis pueden alcanzar hasta los 6.000 euros anuales por beneficiario.
| 25€/UGM para explotaciones con menos de 2 UGM/ha. |
| 15€/UGM para explotaciones entre 2 y menos de 3 UGM/ha. |
| 10€/UGM para explotaciones con 3 o más UGM/ha. |
Todo ello desarrollado bajo un clima de profunda frustración por parte de los ganaderos, que ven cómo el precio que reciben por la leche sigue cayendo. En 2024, el valor del litro descendió un 10,4 % respecto al año anterior en la región, situándose en 0,497 euros al cierre del último ejercicio. Con aún parte del 2025 en el horizonte y el pesimismo arraigado en el sector, el dueño parcial de SAT Arronte —una de las mayores explotaciones lácteas de Cantabria— advierte: “Estas circunstancias son la principal causa de la falta de relevo generacional en la ganadería actual”.
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La tractorada
En febrero de 2024, los ganaderos decidieron alzar la voz y tomaron las calles de Santander para reclamar sus derechos. Más de 500 manifestantes, acompañados por 250 tractores, así como camiones y otros vehículos, protagonizaron una manifestación pacífica, respaldada por los propios ciudadanos santanderinos. “La gente nos decía: ‘Hacéis bien en reclamar. Hay que reconocer la labor del campo’. En ese momento te das cuenta de que la gente te apoya, pero quienes tienen el poder de cambiar las cosas, no tanto…”, relata Arronte como participante.
Un año después, parte de aquellas reivindicaciones ha cambiado. Por ejemplo, la Consejería de Ganadería dirigida por María Jesús Susinos ha implementado un borrador del nuevo plan de gestión del lobo que pretende ser aprobado antes de finalizar 2025 y que, sin ir más lejos, en mayo llevó al sacrificio de 16 ejemplares en distintas comarcas.
En relación con el plan vigente desde 2019, que ofrecía a los ganaderos una protección que estos no consideraban «efectiva» para su ganado, se plantea una revisión completa de la zonificación, la incorporación de nuevas líneas de ayudas específicas y la implementación de un protocolo innovador para la prevención de daños. Además, se plantea un nuevo mapa que busca agilizar los trámites administrativos, reduciendo el número de zonas de tres a dos.
Esta decisión ha despertado ahora el enfado del movimiento ecologista, que acusa a los responsables políticos de “falta de diálogo”. Mientras tanto, el ganadero Ángel Arronte comenta: “Hoy en día hay una vertiente que se hace llamar ‘animalista’ muy peligrosa. Conozco a gente a la que los lobos les han matado animales”.

Sin embargo, la situación económica —uno de los principales motivos de aquella tractorada— sigue siendo una de las mayores preocupaciones y retos pendientes del sector. El cierre de explotaciones ganaderas continúa en caída libre, mientras que las medidas políticas no han logrado ni frenar la desaparición de las existentes ni incentivar la apertura de nuevas. Con este panorama, el futuro del campo se dibuja incierto y cargado de desafíos.
Macrogranjas
En paralelo a la crisis existencial que atraviesa el sector ganadero, el oficio vive también un profundo proceso de transformación. Las nuevas tecnologías empiezan a integrarse de forma creciente en las explotaciones, y el uso de robots para automatizar tareas como el ordeño se vuelve cada vez más habitual. Estas innovaciones buscan aliviar unas condiciones de trabajo tradicionalmente “muy esclavas”, al tiempo que pretenden mejorar la rentabilidad del sector. Sin embargo, la transición no está exenta de dificultades. Según la familia Arronte, muchas granjas en Cantabria aún carecen de una visión empresarial moderna, “como la que predomina en países como Estados Unidos, donde el modelo de las macrogranjas está más extendido”.
Del mismo modo, la irrupción de la tecnología en las granjas ha transformado el papel del ganadero tradicional. Ya no basta con el conocimiento práctico de toda la vida: ahora es necesario analizar datos y, a partir de ellos, extraer conclusiones que permitan optimizar el manejo de la explotación. En este nuevo escenario, Arronte advierte que las economías familiares que no den el paso hacia modelos más eficientes —como el de las macrogranjas— y se estanquen, «son las que más probabilidades tienen de desaparecer en un corto plazo».
Ángel Arronte: “Esto es una empresa. La tecnología nos ha convertido en tomadores de decisiones, igual que en su momento lo hizo la burocracia. Toca adaptarse”




