Hay montañas que se miden en metros y otras que se quedan en la memoria por todo lo que ocurre mientras se ascienden. Para la cántabra Cristina Serna Mirones, su primera incursión en la Cordillera Real de Bolivia ha sido de las segundas. Trece días entre valles, hielo y grandes cumbres junto al riojano Rubén Pérez Blázquez en los que ha encadenado seis ascensiones, ha superado dos veces los 6.000 metros y ha alcanzado los 6.439 metros del Illimani, la montaña más alta de la Cordillera Real y la segunda más alta de Bolivia.
La aventura comenzó el 31 de agosto, prácticamente sin aclimatación previa. Cristina y Rubén aterrizaron en Bolivia y comenzaron a adaptar el cuerpo sobre el terreno, partiendo de los 3.600 metros de La Paz para ir ganando altura progresivamente en una expedición marcada desde el principio por la concentración de actividad.
«Cuando sale de dentro, sale solo: pulmón, corazón y piernas, junto a la gestión fina de la fatiga que exige la altura», explica Cristina. Una frase que resume bien lo que han sido estas dos semanas: esfuerzo físico, adaptación constante y la necesidad de saber administrar cada paso cuando el aire empieza a escasear.
La primera toma de contacto con la montaña llegó en la zona de Charquini y Laguna Esmeralda, donde alcanzaron los 4.600 metros como parte de la aclimatación. Después comenzaron a llegar las primeras cumbres: el Pico Tarija, de 5.340 metros, y el Pequeño Alpamayo, de 5.430. Pero… Todavía quedaba mucho por delante.
Del valle a los 6.000 metros
El 5 de septiembre, apenas unos días después de comenzar la expedición, Cristina Serna y Rubén Pérez alcanzaron la cima del Huayna Potosí (6.094 metros). Era la primera de las dos grandes cumbres que tenían por delante y también una prueba de que la aclimatación estaba funcionando.
Tras regresar a La Paz y recuperar fuerzas, llegó el momento de enfrentarse al gran objetivo: el Illimani.
La montaña domina el horizonte paceño y se eleva hasta los 6.439 metros. «Uno más accesible, el otro más salvaje, alzándose sobre el atardecer paceño como el guardián estético de la zona», describe Cristina al recordar la diferencia entre el Huayna Potosí y el Illimani.
El 8 de septiembre, la alpinista cántabra alcanzó su cima junto a Rubén.
Más allá de la altitud, el Illimani supuso también el punto culminante de una expedición construida prácticamente a contrarreloj. Habían pasado poco más de una semana desde su llegada al país y ya habían pasado de caminar por encima de los 4.000 metros a superar los 6.400.
Una montaña detrás de otra
Pero todavía quedaban cumbres por conquistar. Después del Illimani, la cordada regresó a la zona de Condoriri, uno de los lugares que más ha marcado esta primera experiencia de Cristina en la Cordillera Real.
Allí llegaron el Nevado Condoriri, de 5.648 metros, ascendido por su arista suroeste, y el Pico Austria, de 5.320 metros, que se convirtió en la última montaña de la expedición.
En total, seis cumbres en 13 días: Pico Tarija, Pequeño Alpamayo, Huayna Potosí, Illimani, Nevado Condoriri y Pico Austria.
Pero Cristina insiste en que la experiencia no puede resumirse únicamente en una lista de montañas. Para ella, Bolivia ha sido también descubrir un territorio nuevo y una forma diferente de vivir la montaña.
«Para algunos, sí merece la pena cruzar el Atlántico desde España hasta Bolivia para perderse 13 días en la Cordillera Real», escribe la alpinista cántabra. «Sus colores, su gente y la diversidad que habita entre valles y cumbres golpean directo al corazón».
Y entre esas imágenes que se lleva de Bolivia aparecen también las personas que encontró durante el viaje. Cristina habla especialmente de las mujeres andinas, cuya presencia forma parte del paisaje tanto como las montañas. «Las mujeres andinas aderezan el paisaje crudo. Su fuerza y su piel curtida te dejan atónito», relata.
Trece días al límite de la recuperación
La dificultad de la expedición no estuvo solamente en subir montañas de más de 5.000 o 6.000 metros. El verdadero desafío fue hacerlo en tan poco tiempo y con una aclimatación prácticamente completa sobre el terreno.
Cada ascensión exigía gestionar el esfuerzo, recuperar y volver a ponerse en marcha. La expedición acumuló jornadas de aproximación, desnivel y actividad en altura sin apenas margen para el descanso.
«Trece días en la casi desconocida Cordillera Real para degustar su sabor, su gente y esa autogestión del esfuerzo inmersos en un paisaje bestial», explica Cristina.
Esa gestión de la fatiga es precisamente una de las partes de la montaña que más interesa a la cántabra. No todo depende de la fuerza física. También de conocer el cuerpo, escuchar las señales y saber cuándo apretar y cuándo reservar.
La última jornada resume bien el ritmo de la expedición. El 12 de septiembre, Cristina y Rubén ascendieron el Pico Austria. Después descendieron, regresaron a La Paz y comenzaron a preparar el viaje de vuelta.
Apenas unas horas después de terminar la última actividad, a las 05:20 horas del 13 de septiembre, tomaron el avión rumbo a España sin apenas tiempo para asimilar lo ocurrido.
Una primera incursión que ya mira al futuro
Cristina Serna vuelve de Bolivia con seis cumbres más en su trayectoria, dos de ellas por encima de los 6.000 metros y con el Illimani como techo de esta expedición. Pero, sobre todo, regresa con la sensación de haber abierto una puerta.
«Esta combinación de sorpresas y sensaciones, en nuestra primera incursión a la Real, ya está gestando nuevos proyectos», reconoce.
La cántabra ya conoce bien lo que significa enfrentarse a grandes cordilleras. En su anterior expedición a la Cordillera Blanca de Perú, también junto a Rubén Pérez, encadenó nueve cumbres y llegó a enfrentarse a ascensiones de enorme dificultad técnica.
Ahora suma Bolivia a ese recorrido. Y quizá por eso, después de trece días en los que el cuerpo tuvo que adaptarse a la altura, las piernas acumularon kilómetros y la montaña obligó a gestionar cada esfuerzo, lo que queda no son solo los 6.439 metros del Illimani, queda la experiencia, esa «sensación de subir un nevado no se parece a nada cotidiano», resume Cristina.

