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El incendio de 1920 que arrasó la Semana Santa de Santander y obligó a reinventar sus pasos

Un fuego devastador consumió pasos, tallas y patrimonio histórico, obligando a la ciudad a reconstruir desde cero la Semana Santa que hoy desfila por sus calles
Procesión de El Encuentro en Santander | Foto: Daniel Martínez
Procesión de El Encuentro en Santander | Foto: Daniel Martínez

Santander despierta cada primavera con el olor a incienso, el silencio contenido de los fieles y la luz temblorosa de las velas que iluminan los pasos de Semana Santa. Cada año, las miradas se clavan en las imágenes como si el tiempo no hubiera pasado. Pero hubo un momento en el que toda esa tradición desapareció entre llamas. El incendio de 1920 arrasó gran parte del patrimonio procesional y obligó a reconstruir desde cero la Semana Santa que hoy desfila por las calles de la capital cántabra.

Para comprender el impacto de aquel incendio hay que retroceder a 1530, cuando la Venerable Orden Tercera impulsaba pequeñas procesiones, actos modestos pero profundamente arraigados en la vida religiosa de la ciudad. Mucho antes de aquel desastre, Santander ya vivía la Pasión con devoción constante, silenciosa, contenida, que mantenía viva la liturgia sin grandes alardes.

El verdadero impulso llegó en el siglo XVI con la Cofradía de la Santa Vera Cruz, vinculada al convento de San Francisco, uno de los grandes centros religiosos de la ciudad desde la Edad Media. Durante dos siglos, aquella hermandad organizó procesiones con seis pasos que recorrían las calles cada Jueves Santo. En 1657, se incorporó la procesión del Viernes Santo, sumando nuevas imágenes como el Cristo Yacente.

Aquellas primeras procesiones mantenían un fuerte vínculo con el teatro religioso. Los Autos Sacramentales, representados en los pórticos de las iglesias, fueron poco a poco reemplazados por imágenes de madera, transformando la fe en materia tangible.

El paso del tiempo dejó su huella. El siglo XIX supuso un gran frenazo; la Guerra de la Independencia y las Guerras Carlistas interrumpieron la renovación de las tallas, que fueron deteriorándose hasta un estado crítico a comienzos del siglo XX. La tradición resistía, pero su patrimonio artístico se desmoronaba.

En 1908, el párroco de San Francisco, Agapito Aguirre, decidió cambiar el rumbo. Apostó por la renovación de las tallas no solo para sustituir las deterioradas, sino para dotar a la Semana Santa de mayor valor artístico.

Para ello contó con el escultor Lorenzo Coullaut Valera, quien en 1911 talló nuevas imágenes como el Cristo con la Cruz a Cuestas, el Cristo Yacente y San Juan Evangelista. Otras tallas, como el Ecce Homo o La Oración en el Huerto, fueron restauradas por Gonzalo Bringas. Durante unos años, Santander parecía recuperar parte de su identidad y esplendor procesional.

La noche del incendio

El 20 de diciembre de 1920, un incendio en la parroquia de San Francisco arrasó con gran parte de las nuevas tallas y con imágenes que habían sobrevivido siglos. En cuestión de horas, la ciudad perdió su patrimonio, su hilo conductor histórico y buena parte de la memoria visible de la Pasión.

El fuego no destruyó solo madera y pintura: interrumpió la continuidad de la Semana Santa santanderina. Esa noche, la ciudad quedó sin pasos, sin imágenes y sin referencias visuales sobre las que se había construido la devoción durante generaciones.

Reconstrucción de los pasos

La reconstrucción fue inevitable. Coullaut Valera volvió a tallar el Cristo Yacente y San Juan Evangelista; Reixach-Campanya realizó el Cristo de la Misericordia.

Pero la recuperación no fue lineal. En 1936, parte de la iglesia de San Francisco fue derribada durante la Guerra Civil y las imágenes fueron expoliadas. Algunas se salvaron gracias a su valor artístico y acabaron en el museo municipal. No sería hasta después del conflicto que la Semana Santa santanderina recuperaría estabilidad. A partir de 1940 se fundaron nuevas cofradías, se crearon nuevos pasos y tallas, y se configuró la estructura que hoy desfila por las calles de la ciudad.

Una Semana Santa del siglo XX

A diferencia de otras ciudades españolas donde las imágenes procesionales tienen siglos de antigüedad, en Santander la mayoría de las tallas son del siglo XX. Entre ellas destacan el Cristo de la Agonía, el Cristo Yacente, el Señor de la Misericordia y San Juan Evangelista. Son imágenes más modernas, con estética contenida y líneas limpias, que marcan un carácter propio de la Semana Santa local.

Las características de las imágenes procesionales

La Semana Santa santanderina se acerca a la sobriedad castellana, pero no es igual. Las imágenes de Castilla y León, obra de imagineros como Gregorio Fernández o Juan de Juni, muestran el dolor de forma explícita: lágrimas de cristal, llagas y rostros envejecidos. En Santander, el sufrimiento se sugiere: el dramatismo es contenido, la expresividad moderna.

Frente al bullicio de Andalucía o la espectacularidad del Levante, aquí la procesión se vive desde el recogimiento, el silencio y la emoción contenida, con miradas que buscan y reconocen en las imágenes la memoria de siglos de devoción.

A pesar de esa identidad marcada por la contención, la Semana Santa santanderina se adapta. En los últimos años, una de las cofradías incorporó costaleros, tradición típica del sur de España. Bajo las trabajaderas, los costaleros soportan el peso del paso sobre la séptima vértebra cervical, protegidos por faja y costal, organizados en cuadrillas dirigidas por un capataz. Una muestra de que la tradición sigue viva y flexible.

La huella del fuego

El incendio de 1920 no solo destruyó imágenes: redefinió la Semana Santa de Santander. La obligó a reinventarse, a reconstruir su patrimonio y a configurar una identidad propia basada en la sobriedad, la contención y una estética moderna.

Hoy, cada procesión, cada paso y cada imagen arrastran, en silencio, la memoria de aquel incendio. Una memoria que no se ve, pero que sigue viva en cada Semana Santa.

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Procesión de El Encuentro en Santander | Foto: Daniel Martínez
Procesión de El Encuentro en Santander | Foto: Daniel Martínez