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Ni uvas ni campanadas: así se despedía el año en Cantabria, con el “culo chamuscado”

Un ritual olvidado de Nochevieja donde el fuego del travesero marcaba el final del año y alejaba la mala suerte
La lumbre de la chimenea era testigo del antiguo ritual del travesero, que ardía para “chamuscar el culo” al año viejo
La lumbre de la chimenea era testigo del antiguo ritual del travesero, que ardía para “chamuscar el culo” al año viejo

Antes de que la Navidad se llenara de espumillón barato, brindis apresurados y buenos deseos de usar y tirar, en Cantabria el cambio de año se resolvía de otra manera: con fuego. Nada de campanadas televisadas ni uvas importadas. En la ‘tierruca’ se hacía lo que se había hecho siempre y bastaba con que el fuego no se apagara. Se sentaba la familia alrededor del llar, se miraba al tronco arder y se dejaba que el año viejo se fuera consumiendo, poco a poco, con el culo chamuscado.

La costumbre, hoy casi desaparecida, formaba parte del calendario doméstico de muchas casas cántabras durante la Nochevieja. El travesero —también llamado travesaño— se colgaba con una cadena de la campana del llar, cruzado sobre el fuego, para que se fuera consumiendo poco a poco mientras avanzaba la noche. No se trataba solo de calentarse: el ritual encerraba una superstición clara y compartida. Si la llama se apagaba, la mala suerte caería sobre la casa.

El llar hace referencia a un conjunto de instrumentos de la cocina popular de tradición rural | Foto: Wikipedia

«Si se apaga el travesero, habrá enfermos en enero», repetían los mayores, como un aviso que no admitía descuidos.

Durante horas, la familia vigilaba el fuego. Se alimentaba con ramas pequeñas para mantener viva la llama y evitar que el tronco se consumiera demasiado rápido. El objetivo era sencillo y solemne, que el año viejo ardiera hasta el final, llevándose consigo lo malo, las enfermedades y las desgracias acumuladas.

El fuego como frontera entre años

La tradición de chamuscar el culo al año viejo hunde sus raíces en una relación ancestral con el fuego. En la Cantabria rural, el llar no era solo el centro de la casa: era lugar de reunión, de relatos y de protección. El fuego purificaba, calentaba y, según la creencia popular, ahuyentaba los males.

No era casual que este ritual se realizara en la última noche del año. El travesero funcionaba como una frontera simbólica entre lo que se dejaba atrás y lo que estaba por venir. Mientras el tronco ardía, el año viejo se despedía entre brasas y cenizas.

Algunas de las ramas que se retiraban antes de consumirse por completo se guardaban con cuidado. Aquellos tizones, según la tradición, tenían poderes protectores. Cuando llegaba una tormenta fuerte o amenazaba el nublo, se arrojaban al fuego para espantar el mal tiempo y proteger la casa.

Una tradición que se apagó con las cocinas económicas

Como tantas otras costumbres ligadas a la vida rural, chamuscar el culo al año viejo cayó en desuso. La desaparición de las cocinas de leña, el abandono del llar y la transformación de los hogares acabaron por relegar el ritual al recuerdo de los mayores.

Una cocina económica es una que normalmente utiliza carbón, leña o turba | Foto: Wikipedia

Hoy, el travesero apenas sobrevive en la memoria oral, en algunos libros de tradición popular y en los relatos que aún se escuchan en los pueblos cuando alguien pregunta cómo se celebraba antes la Nochevieja.

No hubo prohibiciones ni rupturas bruscas. Simplemente, las cocinas económicas fueron desapareciendo de los hogares, el fuego dejó de ser el centro de la casa y, con él, se apagaron muchos de los rituales que daban sentido al paso del tiempo.

Navidad, superstición y memoria

La tradición del travesero forma parte de un conjunto más amplio de costumbres navideñas cántabras en las que conviven superstición, ciclo natural y vida comunitaria. No hablaban de regalos ni de grandes celebraciones, sino de proteger el hogar, despedir el año y empezar el siguiente con buen augurio.

En una tierra donde el invierno era duro y la enfermedad una amenaza real, mantener el fuego encendido no era solo un gesto simbólico: era una forma de resistencia.

Hoy, cuando la Navidad se ha uniformado y las tradiciones locales luchan por no desaparecer, el recuerdo del travesero sigue siendo una muestra de cómo Cantabria celebraba el cambio de año mirando al fuego, no al reloj.

Porque hubo un tiempo en que despedir el año significaba, literalmente, quemarlo.

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