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Marrakech, la ciudad que habla en rojo

Entre el Atlas y el desierto, “la ciudad roja” deslumbra con su magnetismo al visitante

A Marrakech no se llega buscando color. El color llega solo, te asalta, te corrige la mirada. La llaman la ciudad roja, rosa, ocre… Pero ninguno de esos nombres es exacto. Porque el verdadero color de Marrakech no está solo en las fachadas, sino en la forma en el que la ciudad se mueve. Está en la cadencia lenta de quienes caminan sin prisa, en las conversaciones que se alargan sin urgencia, en la manera en que el día se acomoda al sol y no al reloj.

Basta con adentrarse en los callejones estrechos y laberínticos de la medina para entenderlo. El rumor constante del día a día —voces que se superponen, pasos que resuenan sobre la piedra, motores que se acercan y desaparecen— se mezcla con el aroma denso de las especias. La gente pasa, sin exhibirse, vestida con colores vivos, tejidos pesados, texturas que no buscan armonía pero la encuentran. Aquí el color no se contempla, se habita. No decora, afirma. Y termina por enseñarte a mirar de otra manera.

Lo entendió Yves Saint Laurent cuando visitó la ciudad por primera vez y, años después, escribió en sus memorias que «la ciudad me enseñó, de verdad, lo que era el color». Aquel viaje circunstancial terminó por marcar su obra y su manera de mirar el mundo; Marrakech se convirtió en un amor correspondido que se resiste a terminar.

Pero Saint Laurent no fue el primer visitante ni será el último en rendirse ante esta ciudad. Marrakech tiene esa cualidad única de hacer que cambies de perspectiva, de dejar que el color, el exotismo y la autenticidad tomen el control. La ciudad no enseña el color como una gama cromática, lo enseña como una forma de estar en el mundo.

Cuando llegué a la ciudad y descendí del taxi, sentí cómo mi mirada titubeaba, condicionada por los prejuicios occidentales. Marrakech aparece en nuestras ideas como un lugar exótico, caótico, a veces inseguro, antes incluso de haberlo visto. Foros de viajeros, podcasts y crónicas advertían de su peligrosidad; yo, solo en ese país que desde Occidente se describe como “hostil”, sentía el vértigo de lo desconocido.

Pero pronto comprendí que nada de eso captaba su verdad. La ciudad no era amenaza, sino una coreografía de vida: aromas de especias y leña, vendedores que reían mientras ofrecían su mercancía, burros que cruzaban las calles con calma ancestral. Marrakech me enseñó que la inseguridad percibida desde Occidente no es más que un prejuicio; la verdadera ciudad se revela solo cuando uno se detiene, respira y se deja absorber por su ritmo.

El caos anunciaba su presencia antes de que las murallas de adobe se dejaran tocar por la mirada. La Koutoubia se recortaba en el horizonte. Firme. Hierática. Mientras la luz caía sobre sus ochenta metros de minarete, su presencia parecía dictar la manera correcta de recorrer Marrakech: despacio, atento, rindiéndose a su ritmo.

Una ciudad que no admite prisa

El nombre Marrakech podría traducirse como “pasa rápido”. Nada más falso. Aquí no se pasa. Aquí se permanece, incluso cuando caminas. El cuerpo aprende pronto que avanzar deprisa es una forma de torpeza cultural. La medina no está hecha para orientarse, sino para perderse con dignidad. El viajero lucha al principio contra el extravío. Luego entiende que rendirse es la única estrategia posible.

Un anciano, sentado a la sombra de una pared de adobe, parecía no hacer nada salvo mirar cómo el día avanzaba sin prisa. Observaba el ir y venir de la gente como quien ya no necesita intervenir. Cuando le pregunté por una dirección, sonrió, negó con la cabeza y sentenció, con una ironía serena: «Si sabes adónde vas, Marrakech no es para ti».

Y es que perderse es, en Marrakech, una forma de conocimiento. No un accidente ni una torpeza, sino una actitud. Lo entendí cuando guardé el mapa y dejé de preguntar adónde iba. Él —el viajero— cree al principio que orientarse es una forma de respeto; aquí descubre que es justo lo contrario. Aferrarse al plano tranquiliza, pero limita. Mantiene a uno dentro de un decorado ya previsto, de recorridos pensados para ser consumidos sin fricción.

Solo cuando se abandona esa necesidad de control aparece la ciudad verdadera. Yo la encontré lejos del zoco, de las tiendas pensadas para los extranjeros, de los menús traducidos y de los precios pactados. Él la reconoce en los saludos que no se dirigen a nadie en concreto, en los niños que juegan en callejones sin nombre, en los talleres abiertos donde el tiempo no se mide en horas sino en gestos repetidos. Allí el viajero deja de mirar para ser mirado, deja de pasar para quedarse. Y entiende —lo entiendo— que conocer Marrakech no consiste en recorrerla, sino en aceptar perderse en ella.

El desorden como sistema

La medina es una lección antropológica en movimiento. Calles que no buscan rectitud, motos que desafían la lógica occidental de la acera, carros, voces que se superponen, burros cargados de fruta, manos que señalan direcciones contradictorias… Todo parece caótico hasta que uno entiende que la ciudad no está pensada para el visitante, sino para quienes la habitan desde hace siglos. El error es creer que aquí hay que orientarse. Marrakech no se recorre: se acepta.

El zoco, la economía del tiempo

En los zocos, el comercio es solo una excusa. El verdadero intercambio es otro: tiempo por atención. El vendedor no quiere tu dinero; quiere tu presencia. Quiere que te sientes, que mires, que preguntes, que dudes. Regatear no es discutir un precio, es reconocer al otro como interlocutor válido. En una cultura donde el reloj nunca fue dios, perder el tiempo es una forma de respeto.

Té a la menta: una pausa civilizatoria

Aceptar un té es aceptar una tregua. Tres veces se sirve, cada una más dulce que la anterior. El gesto encierra una ética: primero se recibe al extraño, luego se le escucha, solo después —si procede— se negocia. Occidente convirtió la hospitalidad en servicio. El Magreb la conserva como estructura moral.

Nada más cruzar la puerta del riad dónde me alojaba, me ofrecieron sentarme en la terraza. Dejé mis maletas a un lado y respiré profundamente: el aire estaba cargado de menta y azahar, y el murmullo del agua parecía marcar un ritmo propio. Mientras Khalid me servía el primer vaso de té, sentí que el mundo exterior, con sus calles ruidosas y caóticas, quedaba suspendido. Por un instante, Marrakech no era una ciudad que había que recorrer, sino un lugar que me acogía, que me enseñaba a detenerme y observar con atención cada gesto, cada detalle.

Jemaa el-Fna o la ciudad desnuda

Con el azúcar todavía en la lengua, me adentré en Jemaa el-Fna. Es el punto de referencia de la medina y de Marrakech, el lugar al que todos parecen enviarte si se te trastoca la brújula: «la place, la place, por ahí, por ahí», te señalan los locales con gestos rápidos y palabras entrecortadas.

La plaza es Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 2008, un reconocimiento que, al principio, sorprende, pero que se comprende al instante: aquí se revelan todas las caras de la ciudad, sus contrastes y sus ritmos.

Muy temprano, cuando los primeros encantadores de serpientes se dejan oír con el ulular de sus cuernos, los predicadores recitan versos del Corán y los músicos hacen sonar sus instrumentos, el corazón de Marrakech despierta con un pulso que retumba en el estómago. Es la hora de los zumos de naranja recién exprimidos, de las vendedoras de henna que preparan sus tintes, antes de que se encienda la lumbre de la feria nocturna.

Jemaa el-Fna, kilómetro cero de la ciudad, es un universo que se despliega lentamente, invitando a quien lo pisa a dejarse absorber, a perderse para empezar a conocer de verdad Marrakech.

Cuando el tiempo se para

A medida que cae el sol, el minarete de la Koutoubia emerge como un faro moral. Ningún edificio puede superarlo. No por ley, sino por consenso. Hay jerarquías que no necesitan imponerse. La llamada a la oración atraviesa la ciudad como una respiración profunda. Marrakech no se detiene, pero se recoloca.

Los barrios se detienen un instante. Desde los tejados planos hasta los callejones más estrechos, se percibe cómo los habitantes se alinean con el ritmo de la llamada: unos se inclinan en silencio, otros extienden alfombras improvisadas, murmurando plegarias que parecen fundirse con el murmullo de la ciudad. Es un instante breve, pero profundo: Marrakech no se detiene, sigue su curso, pero todo alrededor se acomoda a ese latido colectivo, a esa respiración que une lo humano con lo sagrado.

El saber como decoración

La madrasa de Ben Youssef no busca deslumbrar, aunque deslumbra. Madera tallada, estuco, geometría infinita. Aquí el conocimiento fue disciplina, silencio, repetición. Camino despacio. Pienso que viajar también puede ser esto: recordar que el saber no siempre es útil, pero sí formativo.

Fundada en el siglo XIV y reconstruida siglos después, esta antigua escuela coránica acogió a cientos de estudiantes que aprendían en silencio. El patio de abluciones, con su alberca central, actúa como un espacio de recogimiento: aquí el agua no es ornamento, es método, pausa y ritual.

Viajar incómodo… volver distinto

Marrakech no es una ciudad cómoda. Cansa, abruma, exige atención constante. El ruido, la insistencia comercial, la dificultad para orientarse o la sensación inicial de estar siempre a medio camino entre lo auténtico y lo escenificado pueden resultar agotadores. No es un destino para el viajero que busca control, ni para quien necesita certezas inmediatas. Aquí, la paciencia no es una virtud opcional, es una herramienta de supervivencia cultural.

Pero en esa incomodidad reside también su mayor valor. Marrakech obliga a bajar el ritmo, a cuestionar prejuicios, a negociar con el tiempo y con uno mismo. Ofrece hospitalidad sin manual de instrucciones, belleza sin cartel explicativo y una vida cotidiana que no se adapta al visitante, sino que lo observa, lo mide y, si se deja, lo integra. Es una ciudad que no se entrega a la primera, pero que recompensa al viajero atento con lecciones que no caben en una guía.

Tal vez es por eso por lo que no se recuerda a Marrakech como una suma de monumentos, sino como una transformación íntima. Uno se marcha con la sensación de haber aprendido a mirar de otra manera, de haber entendido que viajar no siempre consiste en sumar experiencias, sino en restar velocidad. Marrakech no promete respuestas fáciles. Ofrece algo más valioso y difícil de encontrar, la posibilidad de volver distinto.

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