A pocos metros del tránsito diario de trenes en Santander, el Museo Cántabro del Ferrocarril continúa abriendo sus puertas entre locomotoras centenarias y piezas que narran más de un siglo de historia industrial. Ese espacio, gestionado desde 1978 por la Asociación Cántabra de Amigos del Ferrocarril (ACAF), acaba de entrar en la Lista Roja del Patrimonio de Hispania Nostra por enfrentarse a un futuro “totalmente incierto, con amenaza de pérdida patrimonial e histórica”.
El proyecto de integración ferroviaria de la capital cántabra obliga al desalojo y derribo del edificio que ocupa la asociación desde 1995, sin que exista todavía un lugar donde reubicar —ni siquiera de manera provisional— las máquinas, archivos y colecciones que conserva. La pregunta sobre qué pasará con este legado vuelve a encender el debate sobre la fragilidad del patrimonio industrial en Cantabria.
El origen de ACAF se remonta a 1978, cuando un grupo de “entusiastas del tren” decidió organizarse para proteger una historia que empezaba a desdibujarse. Al principio sin local, la asociación sobrevivió gracias al empeño de sus socios, hasta que en 1995 logró instalarse en el antiguo taller de material móvil de Renfe, el espacio que hoy ocupa el museo.

Ese edificio industrial, abrazado por las vías, es algo más que una sede: es un cruce de generaciones y un lugar donde Cantabria reconoce una parte de sí misma. Allí descansa la locomotora de vapor “Peñacastillo”, construida en Alemania en 1912, símbolo de la siderurgia cántabra. Allí se exhibe también la unidad motora UT 600, “La Suiza”, donada por Renfe, o la máquina quitanieves más grande de España, un gigante de diseño alemán de 1962 que recuerda la lucha anual contra los temporales en la cordillera.
Cada pieza, desde un simple silbato de mano hasta un telégrafo de 1880, ha llegado al museo gracias a donaciones, cesiones y un riguroso proceso de conservación. La mayor parte del material móvil está incluida en el Inventario General del Patrimonio Cultural de Cantabria, lo que demuestra su valor histórico y técnico. Otras piezas proceden de instituciones como la Fundación de los Ferrocarriles Españoles, las empresas públicas MARE y SODERCAN, o compañías privadas como Global Steel, que las entregaron bajo contratos de cesión que obligan a su correcto mantenimiento.
ACAF ha cumplido con ese compromiso. Hoy, el estado de conservación es “muy bueno”, fruto de años de restauración, de fondos propios y de ayudas públicas que han permitido devolver a la vida máquinas que parecían condenadas al abandono.
Un patrimonio en el aire: ni traslado, ni garantías, ni alternativa
Pese a ese trabajo, el aviso de Hispania Nostra ha encendido todas las alarmas. El problema no es únicamente el derribo del edificio, sino la ausencia de un plan claro. No existe, a día de hoy, un espacio “donde se vaya a resguardar, ni siquiera temporalmente”, el conjunto de locomotoras, vagones, herramientas, archivos, maquetas y miles de piezas que componen este viaje por la historia industrial de Cantabria.
Ni siquiera está asegurado que este legado pueda integrarse en un hipotético Museo del Ferrocarril futuro, un proyecto mencionado en varias ocasiones pero sin hoja de ruta real. Tampoco se sabe quién lo gestionaría, con qué recursos contaría ni si se mantendría el espíritu de voluntariado y especialización que ACAF ha cultivado durante casi medio siglo.
Para los socios, muchos de ellos voluntarios de todas las edades y procedencias, esta incertidumbre no es solo una amenaza logística: es un golpe emocional. Lo que durante décadas han defendido corre el riesgo de dispersarse o quedar almacenado sin garantías, un destino indigno para un patrimonio que ayuda a comprender cómo se construyó el Cantábrico moderno.
El proyecto de integración ferroviaria ya está en marcha
La incertidumbre que rodea al museo coincide con el avance de uno de los proyectos urbanísticos y ferroviarios más relevantes de las últimas décadas en Santander. El 2 de octubre de 2025, Adif anunció la licitación de las primeras obras de integración ferroviaria, por un importe superior a 41,5 millones de euros. Se trata de los trabajos vinculados al desvío de las vías de ancho ibérico y la construcción de una estación provisional, actuaciones “imprescindibles” para liberar el espacio donde se desarrollará el resto de la transformación.

Estas obras —junto con las del nuevo edificio de oficinas de uso ferroviario, que se licitarán próximamente— serán financiadas íntegramente por el Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible a través de Adif al suponer mejoras funcionales y operativas para la infraestructura. Ambas actuaciones comenzarán en 2026, según el último acuerdo de la comisión de seguimiento del convenio.


Según Adif, la integración permitirá alcanzar tres objetivos clave:
- Modernizar y ampliar la estación, unificando todos los servicios ferroviarios en un único edificio y creando nuevas conexiones urbanas.
- Reordenar espacios para hacer más eficiente la explotación ferroviaria y liberar suelos para la ciudad.
- Cubrir vías y andenes desde la cabecera hasta la pasarela entre Alta y Castilla, integrando el ferrocarril en el tejido urbano.
Un patrimonio que también es identidad
Más allá de las locomotoras, el museo conserva una de las maquetas ferroviarias en escala H0 (1:87) más fascinantes del norte de España: un paisaje en miniatura donde trenes eléctricos recorren estaciones, túneles y puentes con un realismo que asombra tanto a niños como a adultos. Esta maqueta no es solo una pieza expositiva: es una herramienta pedagógica que ha acercado el ferrocarril a generaciones de escolares y curiosos.


A su lado, la biblioteca y videoteca de ACAF guardan revistas técnicas, documentos históricos, manuales, fotografías y metros de memoria que cuentan la evolución del ferrocarril en Cantabria desde el siglo XIX. Un archivo imprescindible para investigadores, estudiantes y aficionados.
El Museo Cántabro del Ferrocarril no es un museo al uso. No es un edificio frío ni un espacio pensado para turistas ocasionales. Es un lugar donde los voluntarios explican cómo se enciende una caldera de vapor, cómo funcionaba un telégrafo ferroviario o qué significaba el sonido de una bocina manual en mitad de la noche. Es un espacio vivo, construido desde abajo, que cuenta una historia de esfuerzo, industria y comunidad.
Por eso, su posible desaparición no es solo una pérdida patrimonial: es un golpe a la identidad industrial de Santander y Cantabria. En un momento en que la sociedad reivindica la memoria de las fábricas, los talleres y el trabajo obrero, la amenaza sobre el museo abre un debate profundo sobre qué queremos conservar y por qué.
Un futuro que exige respuestas
Con su entrada en la Lista Roja, el Museo Cántabro del Ferrocarril se ha convertido en un símbolo de alerta. No basta con trasladar piezas ni anunciar proyectos futuros: se necesita un plan real, concreto y urgente que garantice que este patrimonio no se pierda en medio de una operación urbanística.
Mientras tanto, entre las locomotoras que huelen a carbón y las vitrinas que guardan trozos de historia, los voluntarios de ACAF siguen trabajando. Como llevan haciendo desde 1978, confían en que el ferrocarril —ese que tantas veces evitó que pueblos quedaran aislados— evite ahora que su museo quede abandonado en vía muerta.




