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El Sardinero, más allá de la postal: Los pescadores reclaman un baño público para evitar “mear en el muro”

Los pescadores están recolectando firmas en la ensenada del Sardinero
Los pescadores están recolectando firmas en la ensenada del Sardinero

La noche se cierne sobre El Sardinero y las farolas iluminan un muro que se ha convertido en nuevo símbolo del malestar ciudadano por la suciedad de la ciudad. Cuando el paseo se vacía y el aire se enfría, los pescadores siguen allí y lo dejan claro: necesitan un baño público. “Ni más ni menos”, asevera uno de ellos en declaraciones a Galerna Press.

Su queja es sencilla, urgente, y contiene, sin embargo, una carga simbólica inesperada. Tras su primera jornada recogiendo firmas, ya han conseguido más de un centenar de apoyos para su petición al Ayuntamiento de Santander.

“No es por capricho —dice uno de ellos, mientras recoge el sedal—, estamos aquí horas, llueva o no. Al final alguien tiene que mear, y no estamos hablando de un prado, hablamos del centro de la ciudad. Y somos muchos los aficionados que venimos aquí cada día sin un lugar público dónde hacer nuestras necesidades”, defiende.

Pescadores en El Sardinero | Daniel Martínez
Un grito cotidiano en un entorno privilegiado

El Sardinero de las postales —el del paseo impecable, los jardines y los hoteles— contrasta con El Sardinero de estos hombres que cada tarde se dejan la vista en el horizonte. Ellos ocupan un rincón discreto, el borde donde el cemento se encuentra con el mar. “Aquí venimos a pescar, a charlar, a mantener una tradición que es parte de la ciudad. Pero parece que solo se piensa en el turismo, no en quien vive aquí todo el año”, lamenta otro de los habituales.

Mientras arrancan la hoja de firmas en un rincón del muro de escollera —justo en el límite entre lo urbano y lo marítimo— la situación se vuelve emblemática: pescadores que se sienten olvidados, muros que contienen su orilla, y la llamada al Ayuntamiento de que lo elemental —un WC— no es un lujo sino una cuestión de dignidad.

El reclamo de los pescadores no se reduce a una necesidad fisiológica: es también una llamada de atención sobre la falta de servicios básicos en una ciudad donde, según los últimos datos, la satisfacción ciudadana con la limpieza viaria apenas alcanza el 45%, una de las peores valoraciones del país, según la OCU.

¿Por qué ahora?: un sentimiento de cansancio vecinal

El malestar vecinal no se limita a la ensenada. Hace apenas unos días, los vecinos de la Plaza del Pombo volvieron a denunciar un botellón masivo durante la noche de Halloween, con “ruido, basura y ninguna intervención municipal”. 

El empuje vecinal tiene una doble lectura:

  • En primer término, es la urgencia de una necesidad diaria —y estabilizada— que coincide con un escenario de uso permanente del espacio costero.
  • En segundo lugar, es la reacción frente a un Ayuntamiento que, según sus vecinos, no está logrando mantener un nivel satisfactorio de servicios básicos urbanos.

En ese contexto, esta petición de los pescadores adquiere una dimensión más amplia: no sólo reclaman un aseo, reclaman reconocimiento. Reclaman que esa franja entre el muro y el mar, de la que saquean vida, sea dignificada.

El muro como símbolo

El muro de El Sardinero se convierte, así, en metáfora. Por él se pasean turistas, deportistas, curiosos… y también pescadores que buscan un rato de calma al final del día. Pero ese muro, que separa el paseo de la mar, es también una frontera entre la postal y la realidad, entre la ciudad que se enseña y la que se vive.

“Pedimos un baño, no un lujo. Agua corriente, una cisterna, y un poco de respeto”, resume uno de los portavoces de la iniciativa, mientras firma en la hoja apoyada sobre una nevera azul.

El Ayuntamiento, consultado por Galerna Press, no ha dado una fecha ni una respuesta concreta, y se limita a señalar que “se estudiará la viabilidad dentro del plan de infraestructuras costeras”.

Firmas, muro y muro

Las firmas ya superan el centenar en una sola mañana. El escrito, sencillo, pide la instalación de un baño público «acorde al uso que hacemos de este tramo costero». Uno de los firmantes apunta: “pedimos un servicio humano: una cisterna, y la dignidad de no tener que orinar en el muro».

El muro en cuestión ha sido testigo de muchas jornadas —plácidas o tormentosas—, pero también de pequeñas humillaciones cotidianas: pescadores que se ven obligados a buscar discreción ante la falta de servicios.

¿Una metáfora del espacio público?

Este escenario en El Sardinero no es solo una cuestión de tuberías o porcelana sanitaria. Es una metáfora: el espacio público que se comparte, la ciudad que dice “bienvenidos” a quienes trabajan en ella, a quienes la habitan, a quienes la visitan y a quienes la cuidan.

Cuando los pescadores piden «un baño», piden también que la ciudad los considere parte de su tejido urbano, que escuche su voz y que responda con algo más que promesas. Que les dé, simplemente, lo que merece quien vive y trabaja frente al mar.

Más que una firma

Mientras tanto, las farolas iluminan la hoja de firmas, que pasa de mano en mano. Hay jubilados, paseantes y jóvenes que apoyan la causa. Las firmas ya superan el centenar en una sola jornada. 

Un gesto pequeño, pero cargado de significado: reclamar dignidad en lo más elemental. 

El escrito, sencillo, pide la instalación de un baño público «acorde al uso que hacemos de este tramo costero». Uno de los firmantes apunta: “pedimos un servicio humano: una cisterna, y la dignidad de no tener que orinar en el muro».

El sonido de las olas rompe contra las rocas. Las cañas se mecen en la penumbra. Los pescadores recogen sus cosas. “Mañana volveremos”, dice uno, encendiendo un cigarro. Y volverán. A su muro, a su mar… y a una petición tan simple como justa: que Santander no les dé la espalda cuando cae la noche.

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