Al final del siglo XIX, Santander era más que un paisaje costero: era un nodo de comercio, un escenario donde se mezclaban barcos cargados de harina, minerales, productos agrícolas, vigas de hierro, madera, tabaco… y promesas de progreso. Se construían nuevos muelles, se abrían calles, llegaba nueva población atraída por la navegación y el transporte marítimo.
El Cabo Machichaco, perteneciente a la naviera Ybarra, era parte de ese tráfico: zarpó de Bilbao cargado —además de mercancía habitual— con explosivos peligrosos: dinamita, ácido sulfúrico y otros materiales inflamables. En total, el buque transportaba 1.616 toneladas de mercancía, distribuidas en tres bodegas —dos en la proa y una en la popa—. Dentro de aquel cargamento sobresalían —y no precisamente para bien— 12 toneladas de ácido sulfúrico, almacenadas en 20 cascos de vidrio, y 1.720 cajas de dinamita fabricada en Galdakao, con un peso total de 51.400 kilos.
La normativa del puerto de Santander de 1889 prohibía el atraque de barcos que transportaran dinamita en zonas densamente pobladas. Sin embargo, por diversas razones —entre ellas las campañas comerciales, la epidemia de cólera en Bilbao —que obligó al barco a permanecer en cuarentena en la isla de Pedrosa antes de atracar en Santander— y la falta de supervisión—, el cargamento acabó descargándose en el muelle urbano, en contra de lo establecido.
El reglamento del puerto obligaba a cualquier barco que transportase dinamita a realizar sus operaciones en un fondeadero específico alejado de la ciudad, pero al no haberla declarado, atracó en los muelles de la bahía de Santander, cerca del centro urbano. pic.twitter.com/sZv8buy6Xk
— Iván Fernández Amil (@ivanfamil) December 9, 2024
Con todo esto sobre la mesa —o, más bien, sobre el mar— , el 3 de noviembre de 1893 estaba destinado a convertirse en uno de los días más negros en la historia de Santander y de España, una jornada que los historiadores califican como “la mayor catástrofe civil registrada en la historia contemporánea del país”.
El incendio y la explosión
Eran alrededor de las dos de la tarde cuando se inició un incendio en la bodega número 2 del vapor, mientras el Cabo Machichaco descargaba su mercancía en el muelle número 1 de Maliaño. La combinación de ácido sulfúrico y dinamita comenzó a reaccionar: primero surgió el humo, después las llamas, y pronto una multitud de trabajadores, autoridades y curiosos se agolpó en el puerto, observando cómo el barco se transformaba en un espectáculo de riesgo creciente.
Nadie comprendía del todo la magnitud del peligro. Se pensaba que la dinamita “solo ardía” si no mediaba un detonador, una falsa creencia que alimentó la tranquilidad aparente de quienes miraban desde el muelle y que, pocas horas después, resultaría letal.
Y de pronto, sobre las cinco menos cuarto de la tarde, estalló la dinamita. Las bodegas de proa volaron, una tromba de agua se levantó, la onda expansiva se propagó en segundos, vigas de hierro y raíles lanzados como proyectiles, vidrios rotos a decenas de metros, casas sacudidas por la potencia. Una ciudad portuaria que hasta ese momento vivía su jornada con el murmullo del comercio, quedó convertida en paisaje de fragor, escombros y sombras.


Los investigadores apuntaron que la rotura de algunos de los 20 envases de vidrio durante las maniobras de descarga pudo originar un derrame, y que la reacción química del ácido con otros materiales habría sido el desencadenante del incendio que precedió a la explosión.
Dolor, valor y ruinas
A día de hoy, las cifras oficiales del Ayuntamiento de Santander estiman en 590 las víctimas mortales de la explosión del Cabo Machichaco, entre ellas marineros, estibadores, autoridades locales y numerosos vecinos que se habían acercado al puerto atraídos por el humo y la curiosidad. El número de heridos superó los 2.000 afectados, muchos de ellos con lesiones graves como quemaduras, fracturas y amputaciones. Los hospitales y conventos se convirtieron en improvisados centros de atención, y durante días la ciudad permaneció sumida en un profundo estado de conmoción.
El impacto social fue inmediato. Familias enteras desaparecieron, y numerosos hogares quedaron destruidos o vacíos. Las crónicas de la época hablan de una ciudad silenciosa, con calles cubiertas de escombros y de duelo. Sin embargo, también se registraron numerosos actos de heroísmo: trabajadores, vecinos y marineros que arriesgaron su vida en las labores de salvamento en el muelle y en el rescate de quienes habían quedado atrapados entre los restos de la explosión.


Además, cuando la magnitud de la tragedia se hizo evidente, la respuesta no se hizo esperar. Tanto el Gobierno de Madrid como las principales ciudades del norte se movilizaron de inmediato para auxiliar a Santander. Desde Bizkaia, la Diputación y el Ayuntamiento de Bilbao decidieron enviar bomberos y cuadrillas de mineros, acostumbrados a trabajar en condiciones extremas, para colaborar en la extinción de los incendios y en las labores de rescate.
Según relatan las crónicas de la época, todos los bomberos se ofrecieron voluntariamente. Partieron en barco el 4 de noviembre rumbo a la ciudad devastada y, nada más llegar, se incorporaron a los equipos que luchaban contra los fuegos que devoraban hasta tres calles paralelas al muelle. Las llamas, alimentadas por los restos del cargamento y los materiales combustibles del puerto, no fueron controladas hasta una semana después.



El estallido, además de cobrarse centenares de vidas, arrasó la infraestructura portuaria. Varias embarcaciones quedaron destruidas o gravemente dañadas, y los almacenes cercanos se redujeron a escombros. Las pérdidas materiales se extendieron por toda la zona portuaria: mercancías, víveres y productos industriales ardieron durante horas, dejando al comercio marítimo —motor económico de Santander— completamente paralizado durante semanas.
La reconstrucción representó un desafío monumental. Hubo que reconstruir muelles, rehabilitar calles y levantar nuevos almacenes, en un proceso que se prolongó durante varios años y que requirió una gran inversión pública y privada. Para muchos comerciantes y familias, el desastre significó la ruina definitiva, mientras la ciudad trataba de recuperarse de una herida que marcaría su historia para siempre.
Una segunda tragedia
Según los informes de la época y las investigaciones posteriores —como las recogidas por Julio Arrieta, licenciado en Historia por la Universidad de Deusto—, aproximadamente la mitad de la tripulación consiguió sobrevivir gracias a que la dinamita almacenada en la bodega número tres no llegó a detonar. Los que se encontraban en la popa del buque escaparon con vida, aunque 15 tripulantes fallecieron, entre ellos el capitán Facundo Léniz y los oficiales Anselmo Rentería y Fermín Uribe, quienes permanecían en la zona de mando tratando de contener el fuego.
No obstante, la historia del Cabo Machichaco no terminó con su primera explosión. El 21 de marzo de 1894, durante los trabajos de recuperación en la zona de popa, una nueva detonación sorprendió a los operarios y buzos que participaban en las tareas de limpieza. El incidente provocó otras 15 muertes, reavivando la indignación ciudadana. La población, conmocionada y enfurecida, intentó asaltar el Gobierno Civil y las oficinas de la naviera Ybarra, propietaria del buque, además de dirigirse contra dos de sus barcos anclados en el puerto.

La situación derivó en enfrentamientos con la Guardia Civil, que dispersó a la multitud tras recibir una lluvia de piedras. El suceso reflejó el profundo malestar de una ciudad que aún no había superado las heridas de la primera catástrofe.
Incluso hubo una tercera explosión, esta vez controlada, el 30 de marzo de 1894. En esta ocasión no se registraron víctimas, ya que, antes de llevarla a cabo, las autoridades ordenaron la evacuación total de la población de Santander como medida preventiva.
Lecciones de una catástrofe
A raíz del suceso, las autoridades adoptaron nuevas medidas de seguridad para el transporte y almacenamiento de explosivos. Se reforzaron las inspecciones y se endurecieron las restricciones sobre el atraque de buques con cargas peligrosas en zonas próximas a núcleos urbanos, con el objetivo de evitar que una tragedia como la del Cabo Machichaco pudiera repetirse.
Asimismo, se promovió la creación de servicios de emergencia más organizados y se establecieron protocolos de evacuación ante incendios o accidentes industriales, inexistentes hasta entonces. El suceso también generó una conciencia ciudadana sobre los riesgos asociados al desarrollo portuario y la necesidad de proteger a la población frente a la actividad industrial.
Judicialmente, tras varios años de investigación, el caso llegó al Tribunal Supremo, que en 1900 dictaminó que no era posible determinar con exactitud la causa del accidente. La sentencia cerró el proceso sin señalar responsables directos, pese a las evidencias de irregularidades en la gestión del cargamento y las deficiencias en las medidas de seguridad del puerto.
132 aniversario
La alcaldesa de Santander ha participado el pasado lunes, 3 de noviembre, en el acto conmemorativo del aniversario de la catástrofe del Cabo Machichaco, una ceremonia que ha incluido un responso en memoria de las víctimas y una ofrenda floral ante el monumento que las recuerda.
#Santander recuerda su historia. Hoy conmemoramos el 132 aniversario de la catástrofe del Cabo Machichaco, con el responso del Obispo y la colocación de una corona de laurel en recuerdo a las víctimas en la plaza de nombre homólogo al barco. pic.twitter.com/7Fdrgrd01n
— Gema Igual Ortiz (@gemaigual) November 3, 2025
La regidora ha estado acompañada por el presidente de la Autoridad Portuaria, César Díaz; la presidenta del Parlamento de Cantabria; el delegado del Gobierno, Pedro Casares; y el vicepresidente de la Real Asociación Cabo Machichaco, Pedro Blanco.
Al homenaje han asistido también miembros de la corporación municipal, junto a autoridades civiles y militares, así como representantes del Cuerpo de Bomberos, Policía Local y Policía Nacional, en recuerdo a quienes perdieron la vida en la tragedia.
La conmemoración se ha iniciado con un responso oficiado por el obispo de la Diócesis, Arturo Ros, y ha continuado con la colocación de una corona de laurel al pie del monumento que perpetúa la memoria de los fallecidos.




