En las últimas décadas, la soledad no deseada ha pasado de ser una experiencia íntima y silenciosa a reconocerse como un problema de salud pública y social. Diversos estudios alertan de su creciente incidencia en España, especialmente tras la pandemia, que acentuó el aislamiento y la falta de vínculos significativos entre amplios sectores de la población.
Según advierten organismos como la OMS y el Ministerio de Sanidad, la soledad no deseada no solo afecta al bienestar emocional, sino que se asocia con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, depresión, ansiedad e incluso mortalidad prematura.
En este escenario, las personas con discapacidad emergen como uno de los colectivos más vulnerables. Las dificultades de movilidad, comunicación o interacción social, unidas a la falta de accesibilidad, la discriminación o el estigma, pueden limitar las oportunidades de participación y generar un sentimiento persistente de aislamiento. No se trata únicamente de estar solo, sino de sentirse excluido o desconectado de la vida comunitaria, incluso en entornos donde hay otras personas.
Con el objetivo de profundizar en esta realidad, la Fundación ONCE presentó el miércoles 8 de octubre los resultados del Estudio sobre discapacidad y soledad no deseada en España, elaborado por el Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada. Los datos son contundentes: más de la mitad de las personas con discapacidad (50,6%) experimentan soledad no deseada, una cifra que supera en más de 35 puntos porcentuales a la de las personas sin discapacidad (15,8%).
El informe muestra una relación clara entre la discapacidad y el sentimiento de soledad, indicando que las personas con algún tipo de limitación tienden a sentirse más solas sin desearlo. Además, la mayoría (57,7%) considera que las causas de esta situación son externas, vinculadas a factores como las barreras sociales, la falta de accesibilidad o la escasez de redes de apoyo. Solo una minoría (4,4%) atribuye la soledad a su propio comportamiento o decisiones personales.

En la misma línea, el análisis identifica una serie de factores que incrementan la probabilidad de sufrir soledad:
| – Tener pocas relaciones familiares o de amistad y de baja calidad emocional |
| – Estar desempleado o en situación de pobreza |
| – Vivir solo, especialmente si no se ha elegido hacerlo |
| – Tener problemas de salud mental o física |
| – Residir en grandes ciudades, donde la soledad alcanza niveles más altos que en zonas rurales |
Este problema, además, no es reciente, pero sí profundamente persistente: cuatro de cada cinco personas con discapacidad (79,9%) aseguran sentirse solas desde hace más de dos años, y tres de cada cuatro (73%), desde hace más de tres. También se observan diferencias de género, ya que la soledad es más frecuente entre las mujeres (54,3%) que entre los hombres (45,7%). El tipo de discapacidad también influye: las personas con dificultades en las interacciones y relaciones personales son las que presentan la mayor prevalencia de soledad, según detalla el informe.

Finalmente, el estudio concluye que las Administraciones Públicas deben asumir la responsabilidad principal en la lucha contra la soledad, aunque en la práctica son las ONG y entidades del tercer sector las que más intervienen para acompañar y apoyar a las personas que la sufren. La Fundación ONCE, en este sentido, reclama una mayor implicación institucional, políticas integrales y programas de sensibilización que promuevan la inclusión real.




