Un periodismo de personas para personas

De Cantabria al Jubileo de los jóvenes de Roma: “No hay una pérdida real de cristianos, lo que hay es una fe más consciente, más elegida”

Más de 180 jóvenes de la diócesis de Santander participaron en el Jubileo celebrado en Roma. Una experiencia que combina viaje, convivencia y fe, y que ahora busca continuidad en la vida parroquial
Foto de familia de la expedición cántabra en Roma | Parroquia La Anunciación

La universidad de Tor Vergata quedó en silencio. Decenas de miles de jóvenes abarrotaban la vigilia con el Papa y, aun así, el murmullo se apagó hasta hacerse sepulcral. “Impresionaba cómo toda la explanada se quedaba en silencio absoluto”, recuerda Rodrigo Toca, uno de los 180 jóvenes que viajaron desde la diócesis de Santander al Jubileo de los Jóvenes. Él, que nunca había estado en Roma, confiesa que al llegar se sintió “como en casa, acogido”.

El viaje a la capital italiana comenzó mucho antes de pisar la Ciudad Eterna. Dos autobuses llenos de cántabros partieron desde Santander en un trayecto de 23 horas. La idea, como admiten todos, podía asustar. Candela Gutiérrez, que formaba parte del equipo organizador desde la Delegación de Juventud, reconoce que la perspectiva imponía: “cuando dijeron que eran 23 horas de bus, te da un poco de pereza”. Ella misma acababa de volver de otro campamento cuando le tocó subirse al autocar hacia Roma. Sin embargo, la ilusión lo compensó todo. Gabriel Delgado, que se animó gracias a unos amigos, incluso disfrutó del trayecto: “a mí me gusta más el camino que el destino. En el bus hablábamos, cantábamos, jugábamos… alguien llevó la guitarra y se montó un ambiente muy divertido”.

No todos lo vivieron igual. La ida fue soportable, con la emoción a flor de piel, pero la vuelta se hizo interminable. Rodrigo lo resume con franqueza: “la ida estabas fresco, con ilusión, y la vuelta fue un absoluto agotamiento, después de seis días andando por Roma con el calor”. Pese a todo, coinciden en que aquel esfuerzo fue parte de la experiencia. El cansancio, la falta de sueño y los trayectos interminables formaron parte del rito común que forjó la convivencia del grupo.

El diácono Joaquín Rodríguez-Parets, uno de los responsables de la expedición cántabra, no oculta que la organización fue compleja. Desde la financiación —con colectas y ventas para sufragar gastos— hasta la coordinación de los jóvenes, el viaje se convirtió en un desafío pastoral y logístico. “Había más gente con ganas de ir que plazas disponibles, se quedaron muchos fuera”, cuenta Rodrigo. Candela lo confirma: empezaron planificando un autobús y acabaron llenando dos. La expectación era grande, alimentada por la memoria aún reciente de la JMJ de Lisboa en 2023. Muchos vieron el Jubileo como una nueva oportunidad de vivir en comunidad algo que en su día no habían podido experimentar.

Roma los recibió con un calor sofocante y un ambiente desbordado. Las calles estaban llenas de turistas, pero sobre todo de peregrinos llegados de los cinco continentes. Gabriel recuerda que al principio le agobiaba tanta multitud, aunque pronto descubrió el clima especial que se respiraba: “había tan buen rollo que lo pasabas por alto. Peregrinos de otros países te regalaban estampitas, recuerdos… yo llevaba pulseras de la diócesis y las iba intercambiando. Me traje cosas de Polonia, de Francia, de Corea o de China. Eso con turistas normales no pasa”.

Para Candela, lo más impresionante fue atravesar las Puertas Santas. Ya conocía Roma de viajes anteriores, pero esta vez acompañó a amigos que nunca habían estado. “Entrar con ellos por la Puerta Santa de San Pedro fue lo que más me gustó. Ver su ilusión me emocionó, porque sabías que era un momento que no iban a olvidar”. También pasaron por Santa María la Mayor, San Pablo Extramuros y San Juan de Letrán. Fue una experiencia de fe, pero también de descubrimiento: la Iglesia universal condensada en una ciudad.

Visita guiada de los jóvenes por Roma | Parroquia La Anunciación

El momento más esperado llegó en la Plaza de San Pedro, abarrotada por unos 30.000 jóvenes españoles. Rodrigo describe la escena como un sentimiento de hogar, “llegué y me sentí como en casa, acogido”. La vigilia de oración, en la que la multitud entera guardó silencio absoluto, dejó huella en todos. Candela insiste en que es en ese tipo de encuentros donde se percibe la diferencia: “son días en los que sientes que todo el mundo es como tú. En la vida corriente no estamos rodeados de gente que comparta la fe, pero aquí sí”.

El Papa León XVI, que apenas llevaba unos meses en el cargo, fue uno de los grandes protagonistas. Rodrigo se sintió interpelado por su llamada a la unidad en tiempos de persecución religiosa y por la invitación a la santidad: “me hizo sentir que todos teníamos una misma misión, un mismo propósito”. Gabriel, declarado “muy fan” del nuevo pontífice, valoró su carácter y su firmeza: “me gusta que tenga las ideas claras y sepa lo que tiene que decir. Es distinto a Francisco, más tranquilo, pero también muy consciente de la necesidad de acercar a los jóvenes”. Le impactó especialmente escucharlo hablar en español: “no tenía por qué hacerlo, podría haberse limitado al italiano o al inglés, pero cuando lo oyes en tu lengua, emociona mucho”.

El mensaje central, repetido una y otra vez, fue el de la amistad. Una amistad que trasciende fronteras, que conecta a los jóvenes católicos del mundo y que se convierte en soporte vital en sociedades donde la fe ya no ocupa un lugar central. El padre Joaquín lo resume así: “el tema central de la vigilia habló mucho de la amistad. Y yo creo que en el momento de los jóvenes hacía mucha falta, porque esas amistades que están fundamentadas en Cristo… es que todos los jóvenes que estaban allí son amigos y están en esto por lo mismo”.

Vida de fe

Más allá de la experiencia extraordinaria del Jubileo, la vida de fe de estos jóvenes se sostiene en lo cotidiano. Y en ese terreno, las historias se diversifican. Rodrigo es el ejemplo del católico que ha mamado la fe desde niño: “mi familia siempre ha sido católica. Desde pequeño me educaron en el catolicismo, iba a misa con mis padres y mis abuelos me enseñaban a rezar todas las noches”. Para él, la parroquia es “un ancla, un paracaídas” al que volver incluso cuando uno se aleja un poco.

Padre Joaquín Rodríguez-Parets: “Si a un niño lo tienes desde pequeño en la parroquia, en campamentos, en grupos de oración, en la misa de jóvenes, ya no siente que termina un ciclo y se queda sin sitio”

Candela, con 20 años, representa a una generación que ya ha dado un paso más. No solo recibe, sino que también ofrece. Da catequesis en su parroquia, participa en formaciones semanales, acude a misa y a la adoración de los jueves. Después, junto a sus compañeros y sacerdotes, cenan todos juntos. “Al final acabas pasando la semana en la parroquia”, resume. Para ella, estos grupos son una prolongación natural de la amistad: con los mismos jóvenes con los que comparte adoración, comparte también la vida fuera del templo. “En mi grupo de la universidad no hablo de fe porque no surge. En cambio, aquí todo fluye. Es un espacio en el que puedes expresar lo que piensas sin miedo ni reparo”.

El padre Joaquín explica que detrás de esa vida intensa hay un trabajo constante para evitar que los jóvenes se despeguen después de la comunión o la confirmación. La clave, dice, es la continuidad: “si a un niño lo tienes desde pequeño en la parroquia, en campamentos, en grupos de oración, en la misa de jóvenes, ya no siente que termina un ciclo y se queda sin sitio. Siempre hay un espacio preparado para él”. En su opinión, lo decisivo es que los jóvenes se sientan parte activa: “no se trata de que vengan solo a recibir, sino de que participen, canten, ayuden, preparen actividades… eso les hace sentirse en casa”.

El caso de Gabriel es distinto. Educado en colegios católicos y con una madre practicante, su relación con la fe ha sido más intermitente. Se confirmó casi por inercia, hasta que un amigo lo empujó a reflexionar sobre lo que significaba. “Mi acercamiento más profundo lo tuve cuando conocí a gente especial que me ayudó a darme cuenta de lo que estaba haciendo”. Aun así, admite que todavía no se anima a integrarse en un grupo parroquial estable: “no es por sentirme excluido, al contrario, me animan mucho a ir, pero me puede la vergüenza, la inseguridad de pensar que no es mi grupo”. Su testimonio refleja las dudas de muchos jóvenes que se sienten atraídos por la fe, pero todavía buscan su sitio.

En todos los casos, emerge una misma idea: la importancia de la comunidad. No solo como sostén, sino como motor de atracción. Rodrigo insiste en que gracias a la parroquia ha podido llevar a amigos que no eran creyentes a actividades sencillas, “y poco a poco se han ido acercando”. Candela subraya que el relevo se da de manera natural: “los que han sido niños de campamento pasan a ser monitores cuando cumplen 18. Es un proceso de crecimiento dentro de la comunidad”. Gabriel, por su parte, lo reconoce con claridad: “al final, los amigos que comparten tu fe son un apoyo fundamental. Es lo que dijo el Papa: a través de la amistad se mueve el mundo”.

El Jubileo de los Jóvenes fue, en muchos sentidos, un paréntesis luminoso. Pero la pregunta inevitable es qué queda después, en la rutina de septiembre, cuando los viajes terminan y los autobuses ya no esperan en la puerta de la parroquia. Candela está convencida de que habrá frutos: “creo que en septiembre se unirá gente nueva. Amigos que vinieron al Jubileo sin mucha relación previa con la parroquia ahora sienten curiosidad y seguro que alguno se queda”. La experiencia extraordinaria, al final, alimenta lo ordinario. El padre Joaquín coincide: “estos encuentros son un empujón, pero si no se traducen en una vida comunitaria después, se quedan en un recuerdo. Lo importante es que encuentren un lugar donde volver cada semana, donde puedan seguir compartiendo la fe y creciendo en ella”.

Rodrigo lo explica con una metáfora sencilla: la fe juvenil necesita raíces. “Si no tienes un sitio donde aprender y escuchar, siempre te falta algo. La parroquia es ese lugar al que volver, aunque a veces te alejes un poco”. Para él, la comunidad es un refugio frente a un entorno donde la fe parece cada vez más minoritaria. Su convicción es que mostrar la felicidad que nace de confiar en Dios es el mejor modo de atraer a otros: “enseñar lo pleno que te sientes, lo liberado que estás”.

Gabriel, más dubitativo, reconoce que aún no ha dado ese paso de comprometerse en una parroquia concreta, pero guarda la experiencia del Jubileo como un impulso: “al principio me daba miedo ir, pero me di cuenta de que enseguida te hacen un hueco, te acogen. Eso me ha enseñado que quizá debería vencer mi vergüenza y dar el paso”. Su sinceridad pone palabras a la tensión que viven muchos jóvenes católicos: el deseo de pertenecer y el temor a no encontrar su sitio.

El padre Joaquín, que los acompañó en el viaje, ve en todo ello un motivo de esperanza. No niega las dificultades: menos vocaciones, menos niños, menos práctica religiosa que hace unas décadas. Pero insiste en que lo que hay es más auténtico. “No hay una pérdida real de cristianos, lo que hay es una fe más consciente, más elegida. Antes se vivía por ósmosis social, ahora se vive desde la decisión personal”. Cree que el futuro será el de una Iglesia más pequeña en número, pero más fuerte en convicción.

En Roma, miles de jóvenes escucharon al Papa hablar de la amistad como camino para transformar el mundo. En Santander, tres de ellos lo recuerdan desde ángulos distintos: el arraigo familiar y parroquial de Rodrigo, la entrega catequista de Candela, la búsqueda sincera de Gabriel. Los tres coinciden en algo esencial: sentirse parte de una comunidad que les sostiene, les reta y les anima a seguir adelante.

El silencio de Tor Vergata aún resuena en su memoria. Un silencio imposible en medio de una multitud, que decía más que cualquier discurso. Un silencio compartido, hecho de fe y de amistad, que quizá explique mejor que nada lo que significa ser joven y católico hoy.

Autor

Comparte esta noticia

Noticias relacionadas

Suscríbete a nuestras noticias
Un periodismo de personas para personas
Foto de familia de la expedición cántabra en Roma | Parroquia La Anunciación