Imagina una ruta que serpentea a lo largo de 34,5 kilómetros, uniendo Astillero y Ontaneda a través de valles, pueblos y paisajes donde el tiempo parece detenerse. Esta senda ciclable es un viaje que invita a detenerse, a respirar, a dejar que cada pedalada cuente una historia diferente. No es solo un camino, sino un hilo que conecta rincones únicos de Cantabria, un tapiz donde la naturaleza y la vida se entrelazan sin prisa.
En este recorrido, no solo se oyen los neumáticos sobre el asfalto, sino también pasos de caminantes, el zumbido de patinetes eléctricos y el murmullo de quienes pasean acompañados por sus perros. La senda nunca está vacía, aunque a veces el silencio domina por breves instantes. A medida que el camino avanza, revela pequeños desafíos: alguna cuesta suave que hace palpitar el corazón, puentes estrechos que obligan a ser cautelosos, tramos compartidos con vehículos donde la atención se vuelve imprescindible.
Los compañeros de esta aventura son variados. A ambos lados, caballos, cabras y vacas pastan en calma, algunos se acercan tímidos, como curiosos espectadores de esta travesía sobre ruedas. En el corazón del parque de Cabárceno, el bosque se cierra y la senda se estrecha. Allí, un túnel oscuro emerge inesperadamente, sumergiendo a quien lo atraviesa en un breve instante de misterio. Al salir, una pasarela metálica se alza sobre las ruinas de una antigua planta minera, regalando una panorámica que parece sacada de un sueño.

Más adelante, el camino ofrece refugios: bancos y mesas bajo la sombra en Penagos, zonas para jugar y entrenar en Castañeda, donde los rocódromos y pequeños circuitos se presentan como un oasis para los más inquietos con y sin la bici. El área recreativa de Covanchón, en Puente Viesgo, aparece como un remanso de paz. Allí, el susurro del río y el crujir de las hojas conforman la banda sonora perfecta para recuperar fuerzas.
Pero el trayecto también tiene momentos que exigen cuidado. Un puente de madera en San Vicente de Toranzo reclama atención, con sus tablones separados que recuerdan que no todo es un camino fácil. Finalmente, tras más de treinta kilómetros, el viaje concluye en Ontaneda, donde el paisaje, los pueblos y las historias se funden en una experiencia para el recuerdo.
Este camino sigue la huella del antiguo ferrocarril Santander-Mediterráneo y es más que un carril bici: es una invitación a descubrir Cantabria con otros ojos, despacio, atento a cada detalle. Una senda que, aunque no resulta sencilla, ofrece una experiencia única para quienes deciden recorrerla.